Don Ricardo

Cuando el furgón de la Guardia Civil le trasladaba a la carcel de Carabanchel, el editor Ricardo J. Royo-Villanova no podía dejar de recordar aquella tarde de verano en que llevó a cabo su primer gran acto político, a los 8 ó 9 años de edad, al grito de “sois todas unas putas menos mi abuela”, dirigido a varias parientas reunidas en torno a una partida veraniega de cartas. Este primer gesto rebelde le valió un par de bofetadas indecentes propinadas por su padre. Como abogado defensor en este primer jucio sumarísimo, si es que a semejante acto represivo se le puede llamar juicio, actuó su abuela paterna, que había salido favorecida en el ataque original y manifestó sus más enérgicas protestas por ambas bofetadas.

A partir de aquel momento, la infancia de Ricardo J. fue un continuo e inestable equilibrio entre ambos lados de la Ley, que desembrocó en el gran acto de desobediencia que fue la publicación de la gran revista que lo fue “Gotterdamerung. Cornick no. En cristiano, liberación sefardí a sueldo de Moscú”, cuyo lema fuera “Nunca acabaremos artos”. Sin hache. Este gran acto de provocación, entre cuyos instigadores estaba también Enrique P. Mesa García, no hubiera gustado nada en el colegio en el que Mesa estudiaba (era un empollón obediente) y Royo-Villanova ganduleaba como podía, de haberse producido durante la edad escolar y no un año más tarde, como finalmente ocurrió.

El paso de Ricardo J. por la universidad fue largo (tardó quince años en terminar la carrera de Periodismo, que es la que hacen los que quieren ser periodistas, en vez de hacerse periodistas directamente) y agitado en su primera parte, ya que, como la carrera no le satisfacía, se dedicó a los menesteres políticos propios de esa etapa de la vida: conspiraciones constantes para quitar y poner delegados y representantes de alumnos, sentadas en los despachos de decanos y vicedecanos y organización de huelgas contra gobiernos obsesionados por perjudicar a los estudiantes…

En aquellos años pidió su afiliación en el Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista, con lo que ingresó en las cosmopitas filas del proletariado. Esta, como todas las aventuras políticas en las que se ha visto envuelto hasta la fecha, acabó mal, ya que aquel partido terminó en la Casa Común de la Izquierda (o séa, en el PSOE), cosa a la que nuestro amigó se opuso en un sonado congreso cuyo resultado fue de 1.600 votos a favor de la gran traición, una abstención y un voto en contra (el de Ricardo J.).

Dotado de una capacidad de observación fuera de lo común, Ricardo J. se dio cuenta de que todos sus compañeros de facultad se iban a hacer prácticas a algún medio de comunicación durante el tercer verano de su carrera. Voluntarioso, se dijo a sí mismo “Pues yo no voy a ser menos, anda, ¿eh?” , y se dispuso a escribir una carta con muy buena letra dirigida al que fuera gran director de El Norte de Castilla, don Fernando Altés. Se esmeró en la letra del remite para que quedase claro que quien pedía hacer prácticas en el periódico aquel verano compartía apellido (y pocas cosas más, pero hizo lo posible por ocultar este particular) con el presidente del Consejo de Administración.

La habil treta causó el efecto deseado y a las pocas semanas Ricardo J. recibió una carta en la que don Fernando Altés le decía que “dada la estrecha vinculación de tu familia con el periódico” había sido admitido para las prácticas. Comenzó así la carrera periodística que, junto a la política y la delictiva, se convertirían en los tres pilares de la vida de Ricardo J. Aunque bien pronto quedó truncada: a los dieciocho meses, más o menos, de trabajo en el periódico, una bronca sindical con amenaza de huelga dio con sus huesos en el paro, a pesar de la estrecha vinculación de su familia con el periódico.

Este intenso momento fue aprovechado por nuestro querido amigo para cometer su primer delito, debido a que por aquellas fechas acababa comenzar la guerra del golfo y el Fiscal General del Estado había advertido de que el llamamiento a la deserción sería considerado delito. Ni corto ni perezoso, junto con su amigo Victor Iriarte, con el que compartía piso en Valladolid, preparó un manifiesto ciertamente provocador en el que se llamaba a la deserción de manera expresa. La gran aportación de Ricardo J. a este manifiesto fue el párrafo final en el que se recordaba al fiscal que se estaba comentiendo un delito y se le pedía encarecidamente que interviniera para restaurar el imperio de la Lley. “Dura lex, sed lex” . El textito fue firmado por cuarenta periodistas y publicado (al módico precio de 40.000 pesetas) en El Norte de Castilla. El fiscal se arredró ante la pétrea voluntad de nuestro amigo y no intervino, por lo cual Ricardo J. propuso enviarle con acuse de recibo el original del manifiesto con todas sus firmas, “a ver qué pasa”, según manifestó. En este punto es en el que se arredraron los demás, incluso los más radicales de entre ellos.

Durante aquellos meses de cruel guerra, integró el sector crítico del colectivo “Periodistas por la Paz” de Valladolid (era crítico incluso con el nombre, ya que él proponía el sin duda mejor “Periodistas con Saddam”, que lo de la paz siempre le pareció una chorrada blandengue). Por aquellas fechas, Pedro J. quería abrir un periódico en Valladolid y lo abrió, porque tiene una voluntad muy firme. Allí ingreso nuestro amigo y en él estuvo durante otros 18 meses que concluyeron, de nuevo, con problemas laborales, conflictos y el paro. Esta vez, acompañado: el plural Pedro J. se cargó a toda la sección sindical de CC.OO en El Mundo de Valladolid en un episodio que, según Magistratura de Trabajo, no fue de represión sindical, como probaba el hecho de que quedaba una persona de CCOO aún en el periódico (represaliado, pero allí estaba).

El segundo delito fue cometido también por aquellas fechas, en una concentración a favor de la insumisión, en cuyo movimiento se integró con dificultades (pensaban que era un policía de incógnito): un simpático policía antidisturbios que se identificó como “el jefe de la fuerza” le advirtió de que si utilizaba su silbato, tal y como tenía previsto, para afear la conducta de los militares que a esa hora hacían en el Gobierno Militar de Valladolid, un homenaje a la bandera roja y güalda, sería inmediatamente detenido y acusado de injurias al símbolo nacional. Azuzado por semejante amenaza, el silbato sono. La bandera fue injuriada. El delito, una vez más, quedó impune, aunque el simpático policía tomo los datos de nuestro amigo.

Después de este episodio comenzó una triste etapa que pudo dar con los huesos de nuestro amigo no ya en el paro, sino en la tumba por inanición, así que hubo de regresar al madrileño domicilio familiar, puesto que, como algo más adelante le comunicó al teniente coronel que le quiso reclutar para cumplir con el servicio militar, “soy de buen comer”. De la etapa vallisoletana volvió con una gran lección de periodismo, la única, aprendida de Fernando Valiño, al que considera su maestro: la información no es neutral, el periodismo y los periodistas tampoco pueden serlo. Ya en Madrid decidió, por fin, ingresar en Izquierda Unida, con lo que acabó la larga etapa de falta de referencias políticas iniciada con la gran traición del PTE-UC. Esto fue allá por el 1993.

Por aquellos años, Ricardo J. recibió la orden de incorporarse al servicio militar, y ello constituyó la ocasión para cometer su tercer delito: decidió no incorporarse a filas y además, le envió una impertinente carta al teniente coronel que quiso reclutarle. En este caso, el delito no quedó impune, aunque bien es cierto que el imperio de la Ley tardó unos años en restaurarse. En 1998 logró, con malas artes, aparecer en el segundo lugar de la lista electoral de Izquierda Unida para las municipales de Las Rozas. Fue elegido concejal y, al día siguiente de las elecciones tuvo que presentarse en Valladolid para ser juzgado por insumisión.

El juicio fue muy gracioso, y el juez, que era un menda muy facha y muy pintón tuvo ocasión de advertirle de que le acusaría de desacato si nuestro amigo continuaba la alocución final en la que responsabilizaba al propio juez de la represión que el movimiento pacifista sufría por aquellos años, en que había cerca de 500 militantes encarcelados. La advertencia causó el efecto deseado y nuestro amigo interrumpio su alocución en ese mismo momento. La moderación política había hecho mella en su espíritu. Cuando, a la salida, su abogado le dijo que la acusación de desacato se pagaba sólo con unos meses de carcel, Ricardo J. reclamó su derecho a entrar para seguir cometiendo un delito tan barato, pero la reclamación no fue satisfecha.

De vuelta a Madrid, tomó posesión de su cargo de concejal y salió la sentencia: dos años, cuatro meses y un día. Fue puesto en busca y captura, porque se negó a recurrir y estuvo cerca de un mes escondido en casa de su buen amigo, el también insumiso y diputado Carlos Paino. Un día, le llamó su abogado, apodado como “el punky” , y por eso mismo, de poco fiar, y le dijo que estaba fuera de peligro, que no le detendrían y que podía volver a casa. Volvió, pues, y al día siguiente, a las diez de la mañana, sobre poco más o menos, una simpática pareja de la Guardia Civil se presentó en el domicilio familiar para trasladarle a la carcel de Carabanchel, hecho este que provocó que la gentil señorita que estaba destinada a casarse con nuestro amigo, dudara de la competencia del tal “punky”, cuando conoció este episodio, años más tarde.

En el cuartelillo de la Guardia Civil de Las Rozas no tenían muy claro qué hacer con Ricardo J., ya que era Concejal del Ayuntamiento. Rojete y sin afeitar, pero concejal a fin de cuentas. Así que decidieron dejarle en el despacho del jefe del puesto, con todos los periódicos del día, un teléfono y una trastabilleante cafetera. En seguida, se extendió la noticia de que había sido detenido y comenzó a sonar el teléfono: “don Ricardo -decía el guardia telefonista- le paso a tal, o a cual, o a tal otro”. Tal, Cual y Tal otro eran diputados, concejales y cargos electos de Izquierda Unida que llamaban, unos para solidarizarse con el delincuente, otros para asegurarse de que, por fín, estaba entre rejas.

Sobre las tres de la tarde, se presentó en el cuartelillo el furgón que había de trasladar a nuestro amigo a Carabanchel. Le hicieron las fotos correspondientes, de frente, de perfil, de medio lado, y una encuesta: “¿Se considera usted peligroso?”. Nuestro amigo respondió: “para las personas y las propiedades no, para el sistema, espero que sí”. El guardia, que era un poco espeso, dudó un rato y después marcó la socorrida casilla de “NS/NC”. Las lágrimas brotaban de sus ojos de pura emoción cuando el agente le puso las esposas y tuvo ocasión de saludar puño esposado en alto al triste grupo formado en el cuartelillo por la madre del delincuente (que en aquellos días se hartó de hacer declaraciones explosivas a la prensa, declaraciones que su hijo escuchaba emocionado en su celda a través de un transistor que le prestó su caquésico compañero de celda), y las concejalas de IU de Las Rozas.

En el furgón, mientras recordaba aquel lejano episodio de su infancia, Ricardo J. era contemplado con desconfianza por otro delincuente esposado: “¿Y a ti de qué te acusan?”. “De no hacer la mili”. “Andá, si yo tampoco la he hecho y no me ha pasao nada. Yo vengo por drogas”. Como casi todos.

La carcel cumplió su cometido y Ricardo J. se integró a satisfacción de ambas partes. Fue destituido de su cargo de concejal, escribio cartas impertinentes al director de la carcel y finalmente, un año y medio más tarde, fue liberado.

Y desde entonces, la nada. Actualmente, totalmente integrado y rehabilitado, como El Lute, al que considera su maestro en la carrera delictiva, prepara la lucha final y el nuevo amanecer socialista como director de comunicación de un Ayuntamiento medio, pero en expansión, de la Comunidad de Madrid. En los cada vez más escasos ratos libres que este trabajo le deja y robándole horas al sueño, mantiene actualizada esta humilde bitácora.

Y vale ya, joer.