La trampa de las palabras

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Creo que estamos cayendo en la trampa de las palabras. El Tratado por el que se establece una Constitución para Europa es en realidad y como su propio nombre indica, un tratado, no una constitución. Por razones más propagandísticas que políticas se le llama sistemáticamente “Constitución Europea” y ello hace que muchos indecisos coloquen en el platillo del “no” algunos rasgos del tratado de los que, tras examinarlos con un poco de detenimiento, nos damos cuenta de que no pueden ser de otra manera.

Por ejemplo: es una constitución con un grave déficit democrático, porque no se elabora mediante un procedimiento constituyente con todas las garantías. Efectivamente, pero es que no es una constitución, es un tratado internacional, y como tal se ha elaborado. Estoy convencido de que si el tratado se hubiera llamado “Tratado que unifica y simplifica los tratados europeos” habría sido calificado como un avance, especialmente por los partidos progresistas. El problema está en el nombre.

Otro ejemplo: el procedimiento de reforma es demasiado rígido. Efectivamente, es precisa la unanimidad de todos los estados firmantes, pero recordemos que se trata de un Tratado internacional. ¿Qué país aceptaría que le impusieran un tratado internacional con el que no está de acuerdo?. Ninguno.

Otro ejemplo: está demasiado reglado todo lo que hace referencia a la economía, mientras que los derechos, especialmente ciertos derechos, no se regulan con la misma profusión. Claro, pero es que no es una Constitución, sino un tratado internacional que tiene su origen en un complejísimo proceso económico: la fusión de varios mercados. El tratado que unifica y simplifica los anteriores, que es el que vamos a votar el 20 de febrero, debe ser exhaustivo necesariamente en este sentido.

Creo que todos deberíamos votar olvidándonos del nombre del tratado, deberíamos votar teniendo en cuenta que se nos consulta es sobre la ratificación de un tratado internacional, no una Constitución. En este último caso, habría que votar no, necesariamente. Tratándose de un tratado, las cosas son bien distintas.

También debemos tener en cuenta que el tratado marca una tendencia: esa tendencia es la unificación política europea y la creación de unas instituciones europeas plenamente democráticas. Es cierto que las instituciones europeas no han sido hasta la fecha realmente democráticas, y que el tratado las democratiza sólo en un nivel muy escaso. Sin embargo, la Unión Europea es una unión de mercados que se ha preocupado desde su fundación de una institucionalidad mínima pero creciente que marca una clara tendencia hacia la democratización. La Unión Europea será democrática o no será y el tratado sobre el que nos consultan es un empujón en ese sentido. Un empujón insuficiente para una constitución, pero suficiente para un tratado internacional.

Antes o después, de una forma u otra, terminará produciéndose algún tipo de proceso constituyente que termine elaborando una constitución real para Europa, una constitución que asuma las competencias que actualmente tiene y todas aquellas que los estados miembros decidan transferirla, una constitución federal, es decir, igual para todos los estados miembros, sin dobles velocidades, sin privilegios; una constitución de obligado cumplimiento para todos que sea garantía para los ciudadanos.

Y si no se ratifica el Tratado, la verdadera democratización de Europa se aplaza de forma importante.

3 Responses to "La trampa de las palabras"
  1. Diego Gonzalez dice:

    Joe, pues si no es una Constitución… que no le llamen constitución.

  2. Carmen dice:

    Totalmente de acuerdo. Si no se ratifica le estamos dando la espalda al futuro de Europa, que inevitablemente es también el nuestro. Quedarnos anclados en el tratado de Niza no es bueno, y el hecho de que la unificación política de Europa avance gracias a este nuevo tratado es muy importante para el papel de la UE a nivel internacional, no basta con tener un mercado común.
    Saludos :)

  3. Curro Corrales dice:

    La trampa que EMPIEZA en las palabras

    Amigo Ricardo, a pesar de que llevo un mes dedicando todos mis esfuerzos a leer el texto que votaremos el 20-F y contrastar mi lectura con quienes lo aplauden y con quienes lo repudian (tarea ésta imprescindible para crear opinión, puesto que hacerse una idea clara de lo que dice con la sola lectura es tarea reservada a juristas), a pesar de haber escrito ya muchas líneas sobre el tema y estar, por tanto, saturado de tanto Tratado Constitucional, voy a vencer mi pereza y contestar a las reflexiones que planteas en tu intervención "La trampa de las palabras".

    Nos encontramos con que de repente, Ricardo, barres los argumentos críticos con el Tratado afirmando que se construyen desde la falsa premisa de que estamos ante una Constitución cuando en verdad, no. No se te olvida, lo cual es de agradecer, que el término Constitución es empleado antes por los grandes defensores que por los detractores. Y, sin embargo, nos remites al título para aclarar el asunto. Yo en el título lo que leo es "Tratado por el que se establece una Constitución para Europa". Fijémonos bien. Tú, por lo que se deduce de tus palabras, entiendes con este título que el Tratado viene a sentar las bases de una futura Constitución

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