Daryl R. Atkins

El señor que ven ustedes junto a estas líneas se llama Daryl R. Atkins y era idiota. Siéndolo, perpetró un atraco de esos a los que tan aficionados son en los Estados Unidos de Norteamérica y que suelen terminar con la muerte del atracado como consecuencia no de uno o dos, sino de ocho tiros. Porque claro, algo tienen que hacer con las armas esas que tienen derecho a portar según no sé qué enmienda.


El caso es que este buen hombre, siendo idiota, fue juzgado por el asesinato y condenado a muerte, como corresponde a su condición. Pero sucede en los Estados Unidos de Norteamérica que no están permitidos los castigos crueles. Y, si bien no se puede considerar cruel en absoluto electrocutar a un chicano, gasear a portorriqueño, o inyectar venenos en dosis mortales a un blanco pecoso, por mucho que todas estas muertes provoquen sufrimientos insoportables tanto al reo como a la propia dignidad humana, no se puede ejecutar a un idiota por motivos que se me escapan totalmente. Así que cuando estaba a punto de perpetrarse la electrocución o lo que tuvieran pensado hacerle al pobre idiota, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, tan aficionado a hacer siempre apariciones espectaculares que llenan los momentos previos a las ejecuciones de tensión dramática y suspense, intervino y supendió la fiesta: “Quietos paraos – les dijo a los verdugos, que tenían ya colocados los electrodos- que este pobre hombre es idiota y le vamos a acoger en nuestro regazo protector”.

Esta intervención fue consecuencia de largos meses, años quizás, de trabajo conjunto del idiota y de sus abogados, que armaron recursos y recopilaron documentos suficientes para demostrar la idiotez del reo y conseguir así la suspensión de la ejecución. El caso es que se torcieron las cosas para el pobre idiota, porque de tanto tratar con sus abogados, y de exprimirse la materia gris -e incluso la de otros colores- en busca de argumentos, su capacidad intelectual aumentó de 59 a 76. Y esa fue su perdición. Ahora, la fiscal, una mujer de una integridad moral intachable, ha pedido que se reconsidere el caso, porque al superar el reo el coeficiente intelectual de 70, que es el que se considera frontera con el retraso mental, la electrocución, la inyección letal y la cámara de gas ya no son castigos crueles. Pueden estos ingenios incluso llegar a ser un alivio, puesto que se le evita al usuario el diario enfrentamiento con las dudas existenciales que tantas ansiedades y depresiones causan al común de los hombres y de las mujeres inteligentes. Vamos, que ahora quieren ejecutar al idiota por listo. Y encima es negro.

Y es que si algo no se perdona en los Estados Unidos de Bush-Ansar es la inteligencia.

Venga... meta ruido por ahí