¿Cuándo volveré a comerme un buen cochinillo?

El Doktor Mengele me ha mandado que escriba, durante esta semana, todo lo que como y mañana, jueves, tengo que llevárselo. La cosa tiene explicación, no se crean ustedes que es otro asunto de esos paranormales a los que ya nos vamos acostumbrando. Después de sufrir todo tipo de presiones, incluida la sanguínea, he decido ponerme a dieta. Mi motivación principal ha sido la fatiga que me causaba el simple hecho de cruzar cada mañana la calle Vallehermoso. Con la Castellana no me atrevo, ante la fuerte sospecha de que resulte para mí un esfuerzo más terrible si cabe que el más penoso de los trabajos de Hércules resultó para el afamado semidiós.

Así que siguiendo los consejos de un amigo que fue gordo y elegante en su día y hoy es un pobre hombre, decidí acudir a la consulta del Doktor Mengele, que es como a partir de ahora me referiré a este sujeto de inquietante delgadez que profesa la muy noble carrera de la medicina en la única especialidad que no tiene por finalidad aliviar el sufrimiento sino provocarlo e incrementarlo: la dietética.

Lejos de ser algo negativo, la obesidad es una muestra de buen gusto y señal inequívoca de buena cuna, como todo el mundo sabe. Todos los que pertenecemos a las principales familias de la nación, e incluso a otras que, no siendo tan principales, han ascendido sin duda con malas artes en el escalafón social, sabemos lo mucho que favorecen unas pocas decenas de kilos de más cuando se entra en el local en el que se va a celebrar una boda, tanto civil como religiosa, convenientemente embutido en un elegante chaqué. Es por todos conocido que una prominente y redondeada barriga forma una figura mucho más elegante y digna que un tipo escuálido o deportivo al que le sobran mangas por todas partes. Pero la moda es la moda.

Todos estos argumentos en defensa de mi propio ser, al sádico galeno le parecieron insuficientes cuando acudí a su guarida por primera vez. Como amenaza nada velada Herr Mengele depositó sobre mi persona todas las maldiciones sanitarias que se sabía en aquella primera consulta, con la intención aviesa de librarme de mis kilos y de mis euros en un mismo acto y por orden de prioridades inverso al aquí descrito. Así que caí en la trampa y me sometí. De esto hace ya varias semanas.

Durante las cuatro primeras semanas la cosa fue muy bien y mi figura antaño elegante fue tornándose poco a poco menos distinguida, en razón de los kilos que perdía. Unos seis, saben ustedes, que comencé después de Navidad pesando 121 kilos, y estoy ahora en los 115. La dieta es ciertamente heterodoxa, desde mi punto de vista, porque limita mucho las verduras, lo cual me hace muy feliz, me permite comer cosas de lo más extrañas para un régimen de adelgazamiento, como callos con garbanzos o salchichas de pollo y pavo.

He de decir que, hasta la semana pasada, Herr Mengele me caía cada vez mejor. Sin embargo, esta última semana, no perdí un solo gramo, después de haber estado perdiendo a razón de entre kilo y medio y dos kilos por semana durante el mes anterior; y ello a pesar de algunos accidentes producidos en mi dieta como consecuencia de mi despiste natural, como cuando confundí unas rodajas de morcilla de Burgos con una sanas tajadas de berenjena a la plancha, que uno no es infalible, como Su Santidad. Pero a la tercera me di cuenta del desaguisado y corté la ingesta por lo sano.

En fin, que mañana (u hoy, según cuando el amable y paciente lector lea estas líneas) vuelvo a ver a Mengele, y espero haber bajado algún kilillo, porque yo he cumplido con mi parte y he anotado cuidadosamente todo lo que he comido, que es lo que se me pedía. Si el Doctor insiste en que no pierdo peso, tendré que tomar medidas.

Seguiré informando, no les quepa duda.