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El narcisismo y la egolatría son dos patologías de las que no puedo decir que no padezca de manera acusada. Sin embargo, cuando estas enfermedades se sufren de forma afectada, grandilocuente y cursi, y en ausencia de sentido del humor y de la siempre sana capacidad de reírse de uno mismo, me repatean. Una vez más, navegando por las procelosas aguas de la red -y esto es un tópico- he topado con una especie de masturbación colectiva en la que diferentes autores de blogs hablan de lo que son las bitácoras, y por lo tanto hablan, en algunos casos de manera extremadamente afectada, de sí mismos.

Me parece interesante cómo J. J. Merelo, en su blog Atalaya: desde la tela de araña (primer artículo y segundo artículo), resuelve el asunto de si debe haber un código ético en eso que de manera tan cursi se ha venido en denominar la “blogosfera”; para conocer este debate con detalle, deben acudir ustedes al blog de Sonia Blanco, en el que parece querer establecer un “apartheid” en la blogosfera -vuelve el palabro- para separar aquello que publican los nuestros -es decir, los “profesionales de la información”- y lo que publican aquellos otros que son más bien advenedizos y a los que denomina, con cierto desprecio, “el resto”.

Ya estamos. Hemos topado con los puristas de la profesión, que vienen a defendernos de “los intrusos”. Y que conste que soy licenciado en Ciencias de la Información, rama Periodismo, y que acumulo casi 10 años de experiencia profesional, por lo que difícilmente se me puede acusar de intruso. Pero no creo que haga falta ninguna carrera para ser periodista, sino simplemente conocer el oficio -que se aprende en las redacciones, en los cierres y no en ninguna facultad o escuela-, saber leer y escribir con corrección, un poco de sentido común y honestidad personal.

Por eso me resulta sospechoso este debate onanista sobre los blogs y sobre si debe existir o no un código ético en la “blogosfera”. Me parece pretencioso, y la distinción que introduce Sonia Blanco entre los profesionales de la información y “el resto” creo que es, sencillamente, de juzgado de guardia.

Para mí el tema es bien sencillo, y creo que lo he explicado en un comentario que he dejado en alguno de los blogs que intervienen en este debate. Los nuestros, es decir los “profesionales de la información” que tanta preocupación muestran siempre por diferenciarse del “resto”, hablan constantemente del derecho de información como si fuese un derecho de los periodistas y no del público, y del derecho a la libre expresión de las ideas, a partir de lo que yo creo que es un error conceptual. El periodista no tiene más derecho a la libertad de expresión, no tiene más libertad para opinar que cualquier otro hijo de vecino, sino que tiene una obligación, una deuda de honestidad con sus lectores, con aquellos a los que pretende informar.

Esa deuda de honestidad aparece desde el momento en que la información no es neutral. Las labores de edición, selección y redacción tienen fuertes implicaciones ideológicas, y se realizan en un doble nivel: el individual -propio del redactor que escribe- y el editorial -propio de la empresa que pone en la calle una publicación. Ambos, periodista y empresa tienen no el derecho, sino la obligación de declarar aquellos de sus intereses que pueden afectar a la forma en que el lector recibe la información. De ahí que el artículo editorial no sea tanto la concreción de un derecho -la libre expresión de las ideas- como de una obligación que no es otra que la de realizar la siguiente advertencia al lector: “le estoy informando sobre esto, pero debe usted saber, para poder comprender correctamente la información que le doy que estas son mis posiciones ideológicas, mis obediencias políticas, mis compromisos económicos