Ya lo dijo el Generalísimo en una frase que todavía sirve de pasatiempo a los exegetas franquistas: “no hay mal que por bien no venga”. Y si el criminal prócer lo dijo con ocasión de la muerte por voladura del almirante Carrero Blanco -que tuvo tiempo, al menos, de acudir a su última misa y quedar así bien con Dios- yo lo digo con ocasión de mi enfermedad y de mi dieta. Parece que he dado esquinazo a Caronte y queda para otro momento la travesía de la laguna Estigia. Guardo, por tanto, mis dos dracmas para mejor -peor- ocasión. Sin embargo, no puedo decir que haya salido indemne de la penosa enfermedad que me ha sacudido y que aún me impide exhibir en toda su grandiosidad mi aterciopelada voz de barítono bajo.

Y es que he perdido en estos tres días casi dos kilos y medio de peso. Lo cual ha representado una gran alegría para el bueno de Mengele, que, no sé si en solidaridad por la enfermedad de la que todavía me recupero, o como algún tipo de siniestro premio por los kilos perdidos, el caso es que me ha advertido que tanta perdida no es más que una ilusión, que he perdido muchos líquidos -qué ordinariez, fíjense ustedes, como si uno tuviera por dónde perder esos líquidos- y que es posible que la semana que viene hasta recupere algo. Pues él verá, pero como recupere un solo gramo no le pago. A ver qué se ha creído.

Venga... meta ruido por ahí