Esta mañana, como todas, he canjeado en el quiosco de la esquina mi vale de suscriptor de El País por el ejemplar diario del periódico. En el camino hacia el trabajo, he leído un interesante artículo, “Carta al nuevo Papa”, de José Antonio González Faus, en la que el teólogo le recuerda a Benedicto XVI (o a quien finalmente hubiera resultado elegido, porque la carta tiene toda la pinta de estar escrita antes de que la opción del Espíritu Santo fuera efectiva) que al entrar en el Cónclave juró ser fiel al ministerio de Pedro, y destaca algunos rasgos de este ministerio que le parecen olvidados al autor.
El artículo es ciertamente interesante, aunque superfluo por especulativo. Mi primer impulso ha sido escribir una nota elogiosa del artículo y manifestar que si el nuevo Papa siguiera los consejos de González Faus, iniciaría una reforma de la Iglesia en un sentido progresista, cosa altamente deseable. Pero enseguida se ha impuesto el segundo impulso. Sería ése sin duda un Papa que me caería bastante simpático, pero, a fin de cuentas ¿a mí qué me importa que el Papa sea progresista o no, que la Iglesia se reforme o no, si yo no soy católico?.

Un argumento complementario al anterior es el siguiente: no comprendo muy bien la alegría con la que algunos que se consideran progresistas o de izquierdas celebran la elección de Joseph Ratzinger porque aseguran que va a suponer el fin de la Iglesia. El argumento es absurdo por dos razones. La elección del nuevo Papa no va a suponer, ni mucho menos el fin de la Iglesia. Ha habido 2000 años de papas más bien conservadores, y ahí está la Iglesia, con todos los achaques que queramos verla, pero bastante viva a juzgar por las 300.000 personas que ayer aclamaron en la Plaza de San Pedro al nuevo Pontífice. Por otra parte, es difícil comprender el interés que pueda tener nadie en que la Iglesia se desmorone. Si es creyente, no debe desearlo, y si no es creyente, lo que ocurre en el seno de la Iglesia puede tener un interés cultural, o de cualquier otro tipo, pero en ningún caso personal. Yo no soy creyente y no deseo que la Iglesia se desmorone. Es más, creo que eso sería terriblemente negativo.

Se está criticando mucho, y no sin razón, al nuevo Papa por su última homilía como Cardenal y por sus posiciones contra el laicismo, al que se empeña en calificar, desde mi punto de vista de forma errónea, como relativista. A juicio de Benedicto XVI el laicismo es una postura agresiva de los no creyentes que pretenden arrinconar e incluso perseguir a la Iglesia, en la medida en que ésta predica una verdad absoluta y ellos, los laicistas, no creen en la existencia de ninguna verdad, pues son relativistas. Y eso no es verdad, porque no debe verse relativismo alguno en el laicismo.

El laicismo no es ni mucho menos la ausencia de creencias, ni la creencia en que no existe verdad alguna, sino la creación mediante la actividad política y legislativa, del clima necesario para que cada cual pueda profesar libremente la religión o la creencia que le parezca, desde el sometimiento a la Ley, que es igual para todos. El estado debe ser laico y aconfesional -ambas cosas me parecen lo mismo, por más que algunos se empeñen en hacer matizaciones- aunque la mayor parte de la población sea fiel de una religión determinada. El estado laico garantiza a los fieles de la religión mayoritaria la práctica de su fe en entera libertad, así como a los de las minoritarias, y garantiza así mismo que quienes no profesan ninguna fe, puedan vivir al margen de las prácticas religiosas en la misma libertad.

El laicismo no es la imposición de valores agnósticos o ateos a los creyentes, sino la libertad de conciencia y de práctica religiosa. Evidentemente, el laicismo garantiza también que la poderosa Iglesia Católica -o cualquier otra- no imponga sus criterios a toda la población en temas como el matrimonio, la investigación científica o las prácticas sanitarias. Igual que en Turquía el estado laico garantiza que el Islam lo practiquen sólo los creyentes y no se imponga a los no creyentes. Es sólo un ejemplo. Quien quiera ver en el laicismo persecución religiosa, es muy libre de verlo así, pero se equivoca.

Estos días, algunos progresistas están haciendo un discurso totalitario sobre el nuevo Papa que recuerda mucho al propio discurso del Papa al que critican. Porque negar a la Iglesia su derecho a guiarse como le parezca y a elegir al dirigente que les parezca oportuno es el vicio complementario al que cometen quienes pretenden que el matrimonio civil se regule según los criterios católicos o que la sociedad sólo penetre en aquellas líneas de investigación científica a las que la Iglesia da el Nihil Obstat.

Dudo mucho, por otra parte, que se pueda diferenciar entre conservador y progresista cuando se discute sobre temas tan ajenos a la realidad física como los que preocupan a la Iglesia. Hay asuntos internos, como la admisión del sacerdocio femenino o el voto de castidad de los religiosos sobre los que los no católicos ni siquiera debemos inmiscuirnos. ¿Es acaso la comunión un derecho fundamental? No. Entonces, si no quieren dar la comunión a los divorciados, es un problema interno. Lo mismo que el sacerdocio femenino o el voto de castidad. Cosa bien distinta es cuando despiden a una profesora de religión -pagada con dinero del estado, es decir, de todos- por haberse separado o por quedarse embarazada fuera del matrimonio. Porque el empleo sí que es un derecho regulado y reconocido en las leyes, y están utilizando dinero público.

Lo que quiero decir es que quienes se preocupan más por destruir a la Iglesia Católica -o a cualquier otra confesión- que porque el fanatismo religioso no robe espacios a la libertad de conciencia vienen a dar la razón a Benedicto XVI cuando señala que “el laicismo ya no es ese elemento de neutralidad que abre espacios de libertad“. Ratzinger continúa asegurando que en ese momento, el laicismo “empieza a transformarse en una ideología que se impone por la política y no concede espacio público a la visión católica y cristiana, que corre el riesgo de convertirse en algo estrictamente privado y, en el fondo, mutilado“. Cambien ustedes las palabras “católica y cristiana” por las que definen a cualquier otra confesión, o incluso por “atea” o “agnóstica” y se darán cuenta de lo mucho que se parece el confesionalismo católico al laicismo mal entendido de ciertos progresistas.

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