PaviaAmigo Berlin:

Iniciamos con su carta de esta mañana una relación epistolar en la que creo que podremos evitar ríos de tinta -aunque sea virtual- si dejamos de autojustificarnos constantemente: ni usted es la bondad hecha carne, ni lo soy yo. Simplemente somos dos ciudadanos con diferentes opiniones y las confrontamos haciendo uso de nuestros derechos, y reconociéndonos el uno al otro la capacidad de interlocución, que no es moco de pavo. Ni más, ni menos. Usted es liberal; yo no tengo claro lo que soy, salvo demócrata, pero sé que no soy comunista -no por que sea algo ilegítimo o intrínsecamente perverso, sino sencillamente porque no lo soy- ni estalinista, ni totalitario, ni quemaiglesias, ni liberticida, por más que algunos de sus autoproclamados correligionarios se empeñen en calificarme de todas esas maldades y de algunas otras que se les puedan ocurrir. Cuídese usted de sus correligionarios.

Pero vamos al grano. He leído su carta abierta. Inútil aseveración, pues si le estoy respondiendo es porque la he leído. Muy interesante la reflexión que realiza usted sobre el concepto de golpe de estado y me recuerda un poco a un debate sobre el mismo tema y a raíz de la propia denuncia que he tenido recientemente con otra persona. El tema es interesante, pero superfluo, como diré más tarde. De momento, reflexionemos sobre ello.

Es cierto que hay un debate más político que histórico -y promovido desde círculos habitados por historiadores amateurs obsesionados con la masonería y procedentes del las filas de algún grupo terrorista- sobre el carácter de los hechos ocurridos en España en 1934. Estos historiadores sugieren -a voces, generalmente, aunque sea por escrito- que la revolución de 1934 fue el pistoletazo de salida de la guerra civil de 1936. Y se refiere usted a este falso debate -falso porque los historiadores profesionales no entran en él, por más que se ofusquen en ello los amateurs- para diferenciar entre golpe de estado y revolución.

Es puro nominalismo. Estoy dispuesto a identificar ambos conceptos y a asumir que la diferencia es subjetiva. Si un comprendo, o justifico un golpe de estado, me cae bien, lo llamo revolución, si no, golpe de estado. Así, lo de 1934 sería revolución y lo de 1936, golpe de estado. Los falangistas, de hecho, se referían al golpe de Franco como revolución nacional.

Sin embargo habría que hacer algunas matizaciones para no dejar en el mismo lugar las convulsiones de 1934 y de 1936. En 1934, la izquierda europea -incluyo de los liberales hacia la izquierda y no incluyo a los comunistas, prácticamente inexistentes en España- estaba alarmada por los hechos ocurridos en Italia y especialmente en Alemania, donde una democracia, la de Weimar, muy parecida a la española de entonces, había degenerado en una de las dictadura más sanguinarias que ha conocido nuestro planeta. En aquellos años, precisamente, como había ocurrido unos años antes en Alemania, gana las elecciones en España una formación política que se autoproclama demócrata cristiana -la CEDA- pero con un discurso muy parecido al de los conservadores que fueron cediendo el poder a Hitler en Alemania, e incluso al de los fascistas italianos. La izquierda española -de los liberales a la izquierda, sin contar a los comunistas- tenía motivos de alarma y reaccionó como reaccionó. No estoy diciendo que hiciese bien en negarse a reconocer al gobierno que había salido de las elecciones legítimas, simplemente estoy diciendo que había motivos para sospechar que ese gobierno podría degenerar en una dictadura, como ocurrió en Alemania, tras el autogolpe de Hitler.

No hay, en cambio un solo elemento que pueda hacer comprensible el golpe de estado de 1936, porque en contra de lo que sostienen los historiadores amateurs -y prolíficos-, no existía el más mínimo peligro de que España entrase en la órbita totalitaria comunista, ya que los comunistas prácticamente no existían en España, y el Frente Popular estaba formado por socialistas, liberales y republicanos, a imagen y semejanza del que gobernaba en Francia, sin que Francia se sumiera en la tiranía estalinista. Salvo, claro está, que sea cierto eso de que “Spain in different” y precisemos de la salvaguarda de los militares fascistas.

En fin, que me extiendo más. Aceptemos que golpe de estado y revolución son conceptos similares, con matices que los diferencian. Así, considero que se debe decir revolución cuando lo que se pone en cuestión los privilegios de una minoría mediante un golpe de fuerza, mientras que un golpe de estado es el golpe de fuerza que perpetra la minoría que busca reconquistar los privilegios perdidos. Ni que decir tiene que ambos pueden dar lugar a crueldades sin número y a regímenes políticos dictatoriales. Aquí me gustaría mostrar mi acuerdo con su afirmación, amigo Berlin, de que “hay revoluciones liberales”. Claro. En el sentido antes señalado, no ha habido otras, ya que lo que usted, con buena voluntad, supongo, califica como “Revolución de Octubre” de 1917, no fue más que una gran algarada histórica que no ha proporcionado a la humanidad un solo adelanto político, económico o social, salvo quizás, y de manera muy indirecta, la contribución a la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores en los países de la Europa Occidental, pero a cambio del inasumible sacrificio de la libertad, la igualdad y la felicidad de varias generaciones en media Europa.

Dejemos, sin embargo, estas interesantes, pero para el tema que nos ocupa superfluas, reflexiones históricas y centrémonos un poco en la parte más técnica. ¿Qué es un golpe de Estado? Yo creo que, al margen de que medie violencia o no, es decir, al margen de que vaya acompañado o no de un golpe de fuerza, en un régimen democrático como el que tenemos hoy en día en España, un golpe de estado es la ruptura de la legalidad vigente sin seguir para ello el procedimiento establecido. Porque no lo olvidemos el procedimiento en democracia es esencial. Por ejemplo, si el gobierno decidiera someter al parlamento una ley que disolviera los partidos políticos y entregara los tres poderes del estado a un comité de expertos (y expertas) en nanotecnología, y el parlamento lo votara afirmativamente, y la benéfica reforma entrara en vigor, ello sería un golpe de estado. Sin violencia, pero un golpe de estado.

Pues eso es precisamente lo que dice Federico Jiménez Losantos que han hecho el PSOE y ERC con la aprobación del Estatut: cambiar la legalidad vigente sin tener en cuenta el procedimiento establecido. Lo dice claramente en el artículo, lo denomina como golpe de estado -si fuera cierto tendría razón- y acusa al rey de avalarlo. Eso es acusar al Rey de cometer un delito. Y si no consigue probar que el Rey ha cometido ese delito, es él el que se convierte en delincuente (presunto, de momento), reo de calumnias a la Corona, que son, razonablemente, unas calumnias especialmente penadas.

Sinceramente, toda su reflexión sobre la ironía, la metáfora y la otra figura literaria que menciona y que no recuerdo ahora cuál es, usted me parece un poco traída por los pelos, ya que al Rey, como a cualquier otro, se le puede calumniar también mediante ironías y metáforas. A patadas, no. Eso ya serían agresiones en toda regla.

Bueno, pues hasta aquí he llegado, porque tengo que atender otra de mis pasiones: la telebasura. Así que reciba usted un saludo de su seguro servidor que lo es

Ricardo Royo-Villanova