Que acudo de nuevo aquí a responder la preguntita del señor miserable, que he estado estos días muy liado y no me he enterado antes. Lo siento. Mire usted, don miserable, le doy la vuelta a la pregunta: ¿Me dejará usted que yo decida que mis hijos no vayan a clase con Ratzinger y sus mandados?. No se moleste, que sé la respuesta.