Anda, que vaya par de dos.

Y lo digo sin ironías, porque cuando las cosas hay que reconocerlas, pues hay que reconocerlas, qué caramba. Esperanza Aguirre ha puesto en marcha iniciativas innovadoras para reducir las listas de espera y ha redefinido, el concepto de espera, e incluso el propio nombre de estas listas que a partir de ahora se llamarán “listas de esperanza”, porque la espera no comienza ya, como dicta la razón, cuando el médico prescribe la operación, sino, como dicta el decreto de Esperanza, cuando el paciente es sometido a las pruebas preoperatorias y anestésicas.

Por decreto ha sido este cambio tan gracioso. En cualquier caso, y por si esto fallare, se dice que la presidenta, que está en todo tiene un plan B, que consiste en empezar a computar la espera en el momento en el que el cirujano comienza a lavarse las manos. E incluso, si esto también fracasare, porque ya se sabe, los cirujanos son todos rojos, ateos y malhablados, y podrían decidir lavarse las manos indefinidamente al objeto de perjudicar a Esperanza y a España, que viene a ser lo mismo, se dice que la presidenta tiene un plan C: regular la duración de los meses mediante un decreto que establezca que la duración del mes natural es el periodo de tiempo que transcurre desde la prescripción de la operación hasta que ésta efectivamente se produce.

Para comunicar estas soluciones innovadoras e imaginativas a los problemas que aquejan a la sanidad madrileña, Esperanza Aguirre se ha gastado un millón de euros en publicidad. Así piensan convencer a la ciudadanía de que el vecino ese que lleva año y medio esperando a que le operen en realidad lo que espera es el autobús -que va con mucho retraso, pero es culpa de los ayuntamientos no de la comunidad-, y que al tío Paco, lo que le pasa es que no sabe contar, porque no lleva tanto tiempo como dice a las puertas del quirófano. Esto para que luego digan que los políticos no cumplen con su compromisos.