– ¡La espada! -exclamó el chico con sorpresa-. Ya no me acordaba de la dichosa espada. Si ya no la tengo.

– ¿Qué no la tienes? -preguntó doña María con estupefacción.

– No, señora. ¡Si no sirve para nada! Cuando dimos el primer ataque en Mengíbar, saqué yo mi espadita, y a los primeros golpes que di en unas hierbas observé que no cortaba.

– ¿Qué no cortaba?

– No, señora. Era una hoja mellada, llena de garabatos, letreros, sapos por aquí, culebras por allí y cubierta de moho desde la punta a la empuñadura. ¿Para qué me servía?. Como no tenía filo, la cambié por un sable nuevo que me dio un sargento.

– ¡Y diste la espada, la espada!…-exclamó la condesa, levantándose de su asiento.

La señora esta sublime en su indignación. Parecía la imagen de la Historia levantándose de su sepulcro a pedir cuentas a la generación contemporánea.

– Sí, señora; se la di al sargento -añadió el mozo, sacando de la vaina un sable nuevo, reluciente y de agudísimo filo- . ¡Si aquello no servía más que de estorbo! Muy bonita, eso sí, toda llena de dibijos de plata y oro; pero, señora madre, si no cortaba

Venga... meta ruido por ahí