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Entre que desguazamos o no España, entre que vendemos o no nuestra hermosa nación a los comandos islamoetarras, se bajan ustedes a la tienda más cercana y se compran una botellita de lambrusco, que es un vino italiano que, como todo lo italiano, está muy de moda últimamente. Además, se hacen con seis alitas de pollo -en tres porciones cada una- y seis muslos, si son ustedes de buen comer. De lo contrario, con tres de cada cosa es más que suficiente. Pican una cebolla, machacan unas hebras de azafrán con un par de dientes de ajo y una buena cantidad de orégano y preparan una sartén con un poco de aceite de oliva, que ponen diligentemente a calentar. Ahí van a dorar -pero bastante, ¿saben ustedes?, bastante- el pollastre, previamente generosamente salpimentado y pasado por harina. Según van saliendo bien doraditos los trozos de pollo, los ponen en una fuente resistente al horno, y en el aceite que les ha sobrado de esta tarea, ponen ustedes a dorar la cebolla picada. Cuando esté bien doradita, añaden el contenido del mortero. Rehogan bien, le ponen una cucharada de harina, y lo rehogan de nuevo todo; añaden entonces un vaso generoso de lambrusco y otro de agua. Que dé un hervor. Rocían con ello el pollo, y lo meten al horno durante media hora. Oigan: para chuparse los dedos. Y si se lo comen ustedes acompañado del lambrusco que les ha sobrado -más de media botella- pasarán una tarde muy agradable. Se lo digo yo, que como saben, nunca miento. Es una interpretación personal de la una receta de Simona Ortega.

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