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Señores amigos míos, lo que me ha pasao. Que como decía la oración aquella que nos hacían aprender y recitar cuando éramos pequeños este mundo es un valle de lágrimas. Sepan que esta mañana he sido víctima de un accidente laboral in itineris como consecuencia del cual mi cuerpo ha quedado desgajado en dos partes de desigual medida, color, peso, volumen y fortuna, siendo una de ellas la que ahora escribe estas líneas, mientras que de la otra -cuyo legítimo propietario era el dedo índice de mi mano derecha- no he tenido noticias desde esta mañana que me separé traumáticamente de ella.

Y es que uno pesa mucho. No en vano el año pasado estuve sometido al sabio consejo del doctor Mengele, que se desvelaba porque adelgazase, en uno de los fracasos más estrepitosos de su carrera. Porque lo que me ha pasado, así, literalmente, es que me he sentado encima de mi pobre dedo índice derecho, que ha quedado atrapado entre el asiento de un taburete y la estructura de las patas, que por lo visto no estaban bien atornillados. Han sido momentos de un sufrimiento intenso, sobrellevados por mí con valor y entereza similares a los de aquel falangista generoso que durante el criminal asedio al Alcazar de Toledo cedió su dosis de anestesia a otra persona necesitada y probablemente dolorida, y permitió que le amputaran el brazo con un serrucho del 9 sin paliativo alguno del dolor. Pues una cosa parecida.

Pero sepan, señores amigos míos, que este incidente pasajero, y el hecho de tener del índice derecho en lamentable estado, no van a alterar en absoluto mi patriótica decisión de seguir suministrándoles cada día su par de gotitas de sentido común. Un mes y medio de ausencia tecnológica ya es suficiente. La deserción de la llema del apéndice de referencia no se interpondrá entre ustedes y yo, porque mi ejército de dedos aún cuenta con nueve valientes arriba y diez abajo, todos ellos, al servicio de la verdad que, por cierto, nos hará libres, además de desgraciados.

Esto sí que es una muestra de valor y entereza poco común.