Me llaman ustedes antisemita, si quieren. Pero lo cierto es que tiene razón don José Blanco: Israel está matando civiles intencionadamente. Y no sólo eso, Israel está aniquilando todas las posibilidades de desarrollo y reconstrucción del Líbano, país al que no ha declarado la guerra, al bombardear y destruir sistemáticamente todas sus infraestructuras civiles. Sé que es un tema difícil en el que se entremezclan muchas variables y parámetros, pero al margen de otras consideraciones esa es la primera evidencia que llama la atención ante el conflicto entre Israel y Hezbolá al que estos días asistimos espantados.

Admitamos como cierto que Hezbolá es una organización de carácter terrorista. Teniendo en cuenta que según han manifestado líderes del Partido Popular, reconocidos guardianes de la civilización occidental frente al terrorismo de todo pelaje, Izquierda Unida forma parte del entramado terrorista de ETA, pues es simple ley de probabilidades: Hezbolá tiene que ser necesariamente una organización terrorista. No lo voy a discutir, no tanto porque esté convencido de ello, como por el hecho de que no tengo ganas de defenderme de todas las acusaciones que por negarlo iban a caer sobre mi pobre persona.

Tampoco voy a discutir que Irán y Siria son estados expansionistas: nos han dado sobradas razones para estar convencidos de ello, aunque estaría bien que alguien las detallara, sobre todo en el caso de Irán. Sin embargo, no podremos negar que el estado más violento, más expansionista y más agresivo con los de su entorno es Israel. Y es curioso, porque es un estado que no tiene derecho a existir. Yo lo digo, y me llaman ustedes lo que les parezca, pero lo digo.

Y cuando digo que Israel no tiene derecho a existir, lo que quiero decir es que los judíos no tienen derecho a tener un estado. ¿Por qué? ¿Es usted antisemita?. Pues creo que no, aunque sé que me lo van a llamar incluso algunos amigos. Pero lo cierto es que los judíos tienen tanto derecho a tener un estado propio, como lo tienen los negros o como lo tenemos nosotros mismos, los blancos. Y es evidente que, al margen de la palabrería propia de cualquier constitución o texto legal que aspire a pasar por constitución, en Israel el tema de la ciudadanía es bien confuso, pero se concede automáticamente a cualquier judío que lo pida. ¿Y quienes son los judíos?. Pues según el Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel, judío es “una persona que nació de una madre judía, o se ha convertido al judaísmo y no es miembro de otra religión“. Es decir, sólo son judíos los hijos de judíos que profesan el judaísmo. Y los judíos tienen el derecho a la nacionalidad israelí siempre que lo pidan. No estoy confundiendo ser judío con ser un ciudadano israelí. Lo que estoy haciendo es llamar la atención sobre el hecho de que, al margen de que pueda haber musulmanes, ateos o cristianos que tengan esa nacionalidad, los judíos tienen un derecho preferente. ¿Admitiríamos que cualquier católico que lo pidiera tuviese la nacionalidad española por el sólo hecho de ser católico?. Creo que con dificultad, especialmente si en nuestro país hubiera un enfrentamiento no sólo cultural, sino también armado entre los católicos y quienes no lo somos.

Es más, “a partir de 1970, el derecho de inmigrar bajo el amparo de esta ley fue extendido a los hijos y nietos de un judío y a sus respectivos cónyuges. El propósito de esta enmienda es asegurar la unidad de las familias en las que haya habido un matrimonio mixto, no se aplica a las personas que fueron judías y se convirtieron por propia voluntad a otras religiones“. De esta manera se niega el derecho a la nacionalidad israelí a aquellos judíos “de raza” que han abandonado la fe judía. En fin, que no parece todo esto más que la articulación de un estado con un marcado carácter étnico. Sustituyan ustedes la palabra judío por “negro”, o incluso por “blanco”, por “musulmán” o por “cristiano”, y verán qué mal les va sonando todo esto. Ya si ponen “vasco” o “catalán”, encontrarán sobrados motivos para negar el derecho a la existencia a cualquier estado que defina la ciudadanía en semejantes términos.

Y es que el estado de Israel es la demostración clara, concreta y contundente de la profunda barbarie del nacionalismo. Porque el estado de Israel es un estado creado artificialmente que pretende legitimarse en una historia antigua y escrita en unas tablillas por unos pastores al dictado de Jehová. Y eso no es admisible ni para los vascos, ni para los judíos.

No niego el derecho de los judíos a vivir dónde les parezca, sino su derecho a configurar un estado en el que la religión o la raza sean criterio de identidad, un estado expansionista que, bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo y de la hostilidad de los estados circundantes (que en la mayor parte de los casos tienen tan escaso derecho a existir como el propio Israel), lo que está haciendo es crear y ampliar, desobedeciendo permanentemente a las Naciones Unidas, un auténtico espacio vital para el pueblo judío.

Y eso se lo niego a los judíos y al resto de los pueblos del mundo.

Venga... meta ruido por ahí



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