Yo ya sé que probablemente se me van a echar encima tirios y troyanos, buenos y malos, rojos y azules, pero yo digo lo que pienso. Y lo que pienso es que estoy un poco harto de esa hipocresía generalizada en torno al 11-S. ¿Qué pasó el 11 de septiembre hace cinco años que cambió tanto nuestras vidas?. Pues que se produjo un horrible atentado terrorista en nueva York. Punto. Murieron muchas personas. Punto. Este verano, hemos visto como una sucesión de horribles atentados terroristas han diezmado la economía libanesa y ha provocado muchos más muertos de los que provocó el 11-S. Y sólo es un ejemplo, el último. ¿Qué diferencia el 11-S de otras masacres provocadas intencionadamente por seres humanos?. Que se produjo en suelo patrio. Nada más. Lo que nos consterna no es la imagen de la muerte colectiva, sino la imagen de la muerte de personas cercanas a nosotros; lo que nos consterna es la imagen de una muerte que podía haber sido la nuestra propia. El 11-S, los muertos no eran unos lejanos niños palestinos, ni los viajeros de un autobús urbano de Tel Aviv; tampoco eran los negros de dos tribus enfrentadas a machetazos en algún lugar remoto de África. No. Éramos nosotros mismos. El enemigo ha llegado a casa. Está bien que nosotros les matemos a ellos. Miramos para otro lado o nos indignamos con santa, justa e inofensiva ira por ello. Pero que nos maten ellos a nosotros es otro cantar. El 11-S ha cambiado nuestras vidas. ¡Oh, cielos, qué contrariedad, ahora tendremos que pasar por el detector de metales para viajar en avión!.

Rafael Herrera comenta en su blog, con ciertas dosis de razón, este este textoto que acaban ustedes de leer.

Venga... meta ruido por ahí