Tengo al menos dos razones para confiar en el Gobierno en lo que se refiere al proceso de paz en el País Vasco. Una de ellas es subjetiva, y entiendo que otras personas no puedan compartirla: confío en el Gobierno porque creo que no es tan extremadamente perverso como para pagar el fin del terrorismo etarra a un precio un solo céntimo más caro que la excarcelación de los etarras que participen de ese fin del terrorismo. Y aunque entiendo que esta razón pueda no ser compartida por algunas personas, me vana permitir ustedes que dude de su catadura moral, porque es opinión mía -quizás errónea- que quien considera a otro capaz de maldad semejante, es que él mismo haría esa maldad si tuviera oportunidad de ello.

Pero hay una segunda razón, más importante, porque es objetiva: confío en que el Gobierno no va a negociar con ETA la independencia del País Vasco y la anexión de Navarra a Euskadi, por la misma razón que confío cada mañana en que al pisar la calle, recién afeitado, desayunado y atusado, no voy a salir despedido hacia el espacio exterior a una velocidad creciente a razón de 32 metros por segundo al cuadrado, ni siquiera a otra similar o diferente. Y es que efectivamente, aunque entre los objetivos del gobierno estuviese realizar esas concesiones para ganar las elecciones –y pido aquí el concurso de don EP para que me explique cómo un presidente que firme semejante acuerdo piensa ganar las elecciones, por cierto– no podría hacerlo, sencillamente porque la Ley no se lo permite. Y salvo que alguien crea que después de llegar a ese acuerdo, Zapatero tiene previsto un golpe de estado al estilo Fujimori que le deje las manos libres para cumplir sus compromisos con los etarras, a mí no me salen las cuentas.

Nota: este texto ejemplar y fluido es la reedición adaptada a una respuesta al señor comentarista Don Güevos en esta entrada.