Quien firma estas líneas no es padre, ni madre, ni mujer trabajadora o maltratada, ni poblador indígena, ni persona discapacitada, ni voluntario social, ni está orgulloso de ser gay. Lo que sí hago -y digo hago, porque es resultado de una actividad voluntaria que me lleva a ello- es pesar 120 kilogramos. Y como sólo mido 1.78 metros de estatura, pues resulta que, en aplicación de los cánones que nos impone la terrible dictadura de las personas endocrinas -que al parecer es como hay que referirse ahora a los médicos especialistas en glándulas y hormonas- soy una persona obesa. Así que hoy es mi día. Pues qué bien. Pero lo que digo yo es que si no sería más fácil que nos llamaran directamente gordos. Si, gordos, porque somos gordos. Y un gordo, una gorda, es una persona feliz, al menos yo lo soy, mientras que una persona obesa es una persona enferma.

Pues eso es lo que les quería decir.

Venga... meta ruido por ahí