ciudadanos.gifAunque ha sido mal recibido -creo que exageradamente- por algunos otros contertulios, me ha llamado la atención un comentario a mi anterior entrada firmado por Fritz. En él, se dice que el “post entero parece el de quien está disgustado pero no tiene razones para estarlo, tiene una inquietud pero no puede argumentarla. Y además lo sabe“. Lo he leído con atención y me ha producido cierta desazón un fenómeno curioso que me ocurre con Fritz: estoy de acuerdo con él prácticamente en todo lo que dice y sin embargo algo nos separa. ¿Qué es ese algo? Expresemos ese fenómeno en el sentido inverso: don Fritz no rebate uno sólo de mis puntos en toda su argumentación. Sin embargo, se muestra en desacuerdo conmigo y se pone la vacuna asegurando al final de su artículo que todas mis críticas están muy bien, pero no afectan a Ciudadanos.

Pues quizás tenga razón, pero sólo sobre el papel. Porque Ciudadanos, desde mi punto de vista, se caracteriza por una profunda separación entre lo que dicen los papeles y lo que ocurre en la realidad. Y es que no puede ser de otra manera. Decía en mi anterior entrada que creo que Ciudadanos aporta valores e ideas interesantes a la política española y decía que me los callaba, por el momento. Bueno, pues ya no me los callo. Ahora, me voy a explicar.

Estoy absolutamente de acuerdo con Ciudadanos -y quien me conoce puede atestiguar que mucho antes de que aparecieran ellos ya lo estaba yo diciendo por ahí- en que es preciso recuperar las grandes ideas ilustradas, que es preciso encarrilar la política de nuevo en el camino de la razón; que hay que sacar los sentimientos y las pasiones del campo político; que hay que recuperar las ideas de progreso, libertad, igualdad, que es preciso poner al ciudadano en el centro de la acción política, y expulsar de ahí a los territorios, a las naciones, a las razas y a Dios