Antes de continuar, deseo aclarar dos cosas: a mí los cenáculos de la derecha madrileña me ofrecen mínima credibilidad y la vida privada de los periodistas me importa un pimiento. Con una excepción: los que pretenden imponer su ideología a los demás. Por ejemplo, el bípedo Carlos Dávila, siempre presto a predicar sobre las bondades de la familia católica o a llamar “abreculos” a Boris Izaguirre. En esos casos, considero una obligación moral denunciar el fariseísmo de los predicadores.

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