Esta tarde, al saber de la muerte de Augusto Pinochet, el militar traidor, no puedo evitar recordar estas palabras, que hoy, más que nunca ilustran bien a las claras lo falsa que es esa idea tan extendida que dice que la muerte iguala a los hombres:

Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile!
¡Viva el Pueblo!
¡Vivan los trabajadores!.

Estas son mis últimas palabras. Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

Las grandes alamedas están, por fin, abiertas del todo. Ahora sólo queda desear que le entierren como la rata que fue.

Si tienen tiempo, lean esto.

Venga... meta ruido por ahí