Señores amigos míos de toda mi consideración, hoy he de darles una noticia que sin duda les sorprenderá: le he ganado la batalla a Wanadoo. Así, como suena. Esta tarde, al entrar en el portal, después de una agotadora jornada de trabajo, la señora conserje, con el gesto amable que la caracteriza, me ha dicho: “Tiene usted varias cartas en el buzón“, así que me he dirigido a los buzones y con el mohín cansino del que sólo espera correspondencia del banco y publicidad tan abusiva como inútil, he abierto el mío, y he extraído todo el contenido sin apenas un ápice de curiosidad. En el ascensor, con el corazón agitado por el pronto reencuentro con mis alegres y vivarachos canes, reviso las cartas, y entre ellas me sorprende una de Orange. Mi músculo cordial se acelera más aún ante las perspectivas de que Orange, una compañía con la que no he contratado nunca nada y con la que no pienso contratar en lo futuro, me reclame algo. Es lo que se llama ira preventiva. Abro el sobre y saco un papelito que bajo el epígrafe de “factura rectificativa” -oigan ¿qué gente más retorcida, no?-, me anuncia que me va a ser devuelta la cantidad de 119,12 euros correspondiente a las facturas de los meses de marzo, abril y mayo de 2005, que eran las que me reclamaban mediante abogado extorsionador. Entiendo que no me van a devolver nada, porque nada pagué, pero que sí van a dejar de reclamarme las facturas adeudadas. En cualquier caso, señores amigos míos, he ganado la guerra. Ya ven ustedes qué cosas pasan.

Y ahora, con su permiso de ustedes, corro a ver mi episodio diario de mi serie favorita “Yo soy Bea“.

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