Ruedadeprensa

Una de las cosas más tontas que he hecho en mi vida ha sido estudiar Periodismo, ¿saben ustedes? En la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid he conocido a algunas de las personas más tontas con que me he topado en mi vida, aunque también tuve -lo quiero decir para salvarles de la quema- a tres grandes profesores: don José Carlos García Fajardo, doña Rosa Cal, y don Jesús González Bedoya, profesores de historia del pensamiento político, de historia de España y de ética, respectivamente. Ninguno de ellos enseñaba periodismo porque el periodismo no se enseña ni se aprende en la Universidad. Los que pretenden enseñar o aprender periodismo en las aulas están perdiendo el tiempo de manera olímpica.

Cuando yo perdía el tiempo de esa manera, es decir, cuando estudiaba periodismo, recuerdo que en la sala de la tuna de la facultad guardaban un ataúd de verdad, de esos que se usan para enterrar a los difuntos, que cuestan un ojo de la cara. Y lo sacaban muy serios a procesionar con él por la Avenida Complutense cada vez que se enteraban que en tal o cual periódico había un redactor o -peor aún- un jefe que no tenía la licenciatura en Ciencias de la Información Rama Periodismo. Y con gesto grave, recorrían la avenida arriba y abajo, rezando letanías por “la profesión”, que por lo visto, había sido vilmente asesinada por el “intrusismo” imperante. Eso lo hacían durante un buen rato, hasta que cosideraban llegado el momento de entrar de nuevo en la facultad a llevar a acabo las actividades académicas habituales, que se reducían, por lo general a fumar porros, con el gesto cansino del que está de vuelta de todo, en el bar más concurrido de la Ciudad Universitaria. Recuerdo que un día me topé con el ridículo entierro y me pidieron que firmara contra el intrusismo profesional. Por su puesto, me negué -ante la mirada espantada de quien me pedía la rúbrica- a firmar contra mí mismo: yo era intruso y llevaba años trabajando de periodista -siendo periodista- mucho tiempo antes de terminar la carrera.

Esto viene al hilo de la reveladora columna que hace una semana Maruja Torres escribía en El País sobre los blogs. Los blogs, a juicio de doña Maruja, no son otra cosa que ruinas de la inteligencia de sus autores, manifestaciones de egos hiperlativos que cualquier día -teme la columnista- chocan y provocan algún tipo de cataclismo virtual que doña Maruja no nos termina de explicar. Y salva de la quema de todos los blogs del mundo a uno que se limita a publicar en su blog las columnas que escribe habitualmente en un periódico de papel, de los de toda la vida.

A doña Maruja, en cambio, no le llaman la atención las verdaderas ruinas de la inteligencia que cada noche pueblan las tertulias radiofónicas, ni se ha fijado en el choque de egos que durante años se ha producido entre Iñaki Gabilondo, Luis del Olmo, Carlos Herrera y Federico Jiménez Losantos. Pero esto no le preocupa demasiado a doña Maruja, no. A doña Maruja -representante en esto del más rancio de los corporativismos periodísticos- lo que le preocupa es internet.

¿Por qué doña Maruja y el corporativismo periodístico andan preocupados por internet? En mi opinión es bastante sencillo: internet ha demostrado que en realidad el periodismo no existe, que la industria de la información, la industria periodística, nos había sumido a todos en una terrible fantasía: “nosotros somos empresas especializadas en dar un servicio a la gente, la información, y para ello, tenemos una técnicas, unas prácticas que nos convierten en los legítimos informadores del público. Nos valemos para ello de unos profesionales altamente cualificados, que son los periodistas, que son los que saben cómo hacernos llegar la información, que saben seleccionarla y valorarla y que lo hacen, lo hacemos, de manera neutral, objetiva, independiente“.

¡Qué falacia! ¡Qué terrible falacia de la que han sido cómplices, durante décadas, durante prácticamente un siglo, los periodistas, a cambio de las migajas que este sistema ha generado! Los periodistas se han creído la historia de la profesionalización del periodismo, no han visto, o no han querido ver que no son más que peones en el tablero de los intereses políticos. Y han defendido su campo de acción privado, el periodismo profesional, mediante comportamientos corporativos, como la exigencia para la práctica profesional de unos estudios que no tienen utilidad alguna, que por no tener no tienen ni contenidos propios salvo un par de vaguedades, e incluso de han apropiado de derechos que no les corresponden a ellos en exclusiva, como la libertad de expresión.

Internet ha desdibujado el papel de los periodistas, y éstos, o buena parte de ellos, en lugar de revisar cuál es su papel e intentar adaptarse a ello, se han puesto nerviosos. Internet ha puesto sobre la mesa que para ser emisor de mensajes y para tener capacidad de influencia no hacen falta ya inversiones millonarias, sino que basta con voluntad y trabajo. Por nada, o por muy poco, cualquiera puede tener su propio medio de comunicación, cualquiera se convierte en periodista, porque cualquiera es capaz de producir sus propias piezas informativas -con más o menos calidad- y de editarlas o difundirlas.

Internet ha puesto en evidencia que el periodismo, en realidad, no existe. En el siglo XIX , lo primeros periodistas eran políticos que editaban papelitos en los que contaban lo que les convenía contar, analizaban la realidad y difundían sus posiciones. Cualquier ciudadanos que tuviera medios, voluntad y tiempo para ello, podía editar su propio periódico. A principos del soglo XX, este tipo de ciudadano-periodista-político ha ido cediendo lugar a empresas que son las que editan los periódicos, que buscan beneficio económico, que intentan vender más periódicos y que van ocultando sus intereses políticos detrás de la máscara de la objetividad, la neutralidad, la independencia y la profesionalidad. Pero lo que ha ocurrido en realidad es que el interés por influir, por intervenir en el proceso político y social se ha ido trasladando del periodista -que acaba por convertirse en un simple tonillito de este sistema, un tornillito muy pagado de sí mismo, pero un tornillito a fin de cuentas- al editor, a la empresa informativa.

Los medios de comunicación tienen intereses políticos, económicos, comerciales, y forman parte de un sistema: no son independientes, ni neutrales, ni objetivos. Mucho menos profesionales. Cuando hay que ocultar algo, se oculta, cuando hay que contar una mentira, se cuenta, cuando hay que retorcer la realidad, se retuerce