Una de las cosas absurdas que tuve que hacer durante mi absurda estancia en la Facultad de Ciencias de la Información fue un trabajo intitulado: “Los principios de la propaganda moderna: de Lenin a Goebbels“. Uno de los muchos profe-etas que vagabundean y zangoltinean por allí se presentó el primer día de curso a clase y repartió una hojas fotocopiadas en las que había una relación de temas sobre los que hacer un trabajo. El curso, todo el curso, un año académico completo, consistía en elegir uno de esos temas y hacer sobre él un trabajo. Elegí el supraescrito. “Estoy a su disposición en mi despacho, por si necesitan que les oriente”, nos dijo. Y no le volvimos a ver el pelo en todo el curso. Cuando llegó la fecha señalada, allá por el mes de marzo, fuimos desfilando todos los alumnos (y las alumnas, se entiende) por el despacho del señor profesor para hacer entrega de nuestras redacciones. No podía salir de mi asombro cuando abandoné las dependencias del ilustre pedagogo con el notable en la mano. Apenas había estado con él diez minutos, de los cuales al menos dos se utilizaron para los saludos y despedidas protocolarias. Los otros ocho se repartieron entre un hojeo (con hache, si con hache, porque lo que hizo fue pasar las hojas, que no los ojos, por las páginas manchadas de tinta), cansino al trabajo y un par de preguntas sobre el asunto tratado. Muy bien. “Tiene usted notable”, me dijo el tío jeta. Yo, claro, a caballo regalado, no le mires el diente. Y me fui tan contento. Pero vaya tela. Bueno, pues un curso académico completo dedicado a leer y escribir sobre Lenin y Goebbels, y no aprendí tanto sobre las modernas técnicas de propaganda de masas, como he aprendido con esta brillante intervención de don Epé en su afamada bitácora. Lean, lean, y si les parece bien, pues opinen por allí, oigan. O aquí.

Venga... meta ruido por ahí



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