Qué digo yo que qué hacemos discutiendo todos muy apañaos sobre si un divorciado puede o no dar clases en la enseñanza pública. Que es un debate absurdo, que no tiene sentido, que si lo aceptamos, nos llevan a su terreno, que es el terreno de lo paranormal. Con quien cree en fantasmas, en que los niños nacen sin la prescriptiva fornicación, en que todos nacemos malos, culpables de una culpa de unos monos que se comieron una manzana; con quien cree en esas cosas tan raras, no se puede debatir en términos racionales. Dejemos ese debate absurdo, insisto, y centrémonos en otro mucho más interesante: preguntarle a José Luis Rodríguez Zapatero, que tantos méritos quiere hacer -en ocasiones con verdadero éxito- para congraciar al PSOE con la izquierda real -para disgusto de Ibarras y Bonos- para cuándo empezamos a estudiar el tema de sacar la religión de la enseñanza pública en cualquier horario, y de la privada en horario lectivo. Ese es el verdadero debate, y ese es el debate en el que no quieren que entremos quienes creen que a un trabajador se le puede despedir porque su vida personal no se ajusta a las consignas de sus jefes. Vamos, que digo yo.

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