El toro de CoriaUstedes se figuren que le sueltan a corretear alegremente, como quien no quiere la cosa por un pueblecillo de esos que tenemos tirados por este polvoriento secarral al que consideramos nuestra amada patria, y van los simpáticos y alborozados lugareños y se dedican a lanzarle a usted afilados dardos con su cerbatanas. Y usted, venga a corretear por las calles de Coria, que ese es el pueblecito que se tienen ustedes que imaginar; y los mozos, ale, a agujonearle con sus dardos; y así, durante unas cuantas horas, hasta que usted, cansado ya de los pinchazos y de las carreras, con todo su cuerpo cubierto de sangre, sucio, sudoroso, herido, pues se rinde a la evidencia y dice para sí y para los que quieran oirle: “que aquí me quedo yo de cuerpo y alma, recíbame el Señor como merezco“, y se sienta en el suelo, a esperar lo que le viene. Y viene, porque estas cosas, si tienen que venir, pues vienen. Y lo que viene, concretamente es un grupo de mancebos, los más valientes y osados del lugar que se acercan a usted, ya agonizante, pero con un hilo de conciencia todavía, suficiente para darse cuenta de lo que le está ocurriendo: sacan un afilado cuchillo y le rebanan los testículos. Ya ahí queda usted, dolorido, sangrante, muriéndosé poco a poco mientras los bárbaros que le han torturado salvajemente lanzan sus viriles y orgullosos gritos al aire