Nos pregunta don EP -y me entero tarde- las razones por las que somos o no religiosos. Hay varias, no siendo la menor de ellas la dificultad que mi mente sencilla, lineal, primitiva y plana tiene para creer en algo intangible, invisible e inaudible en el presente, pero con una tendencia cuando menos sospechosa a realizar todo tipo de apariciones estelares en un pasado que ya no es transitable, intervenciones entre las que hay que destacar por su aparatosidad resurrecciones andarinas, curaciones inesperadas, caminatas sobre extensiones en estado líquido, apertura de asombrosas vías secas de comunicación en mares procelosos, provocación de lluvias alimenticias, conversión de una sardina y un mollete en ciento y la madre bocatas de calamares, generación de espectaculares plagas a voluntad, emisiones radiofónicas interactivas a través de zarzas ardientes y otros de similar importancia, condición y clase. Es una razón quizás un poco gratuita, e iletrada, pero es para mí poderosa. Pero hay otra razón, más poderosa, si cabe.

En mi opinión, la religión es una fantasía elaborada por los seres humanos para explicar la muerte y superar el miedo que nos causa. Al menos, esa es la misión principal de las religiones en las que podemos creer los occidentales -que no son, a fin de cuentas más que tres versiones de la misma, tres envoltorios para el mismo dios: islam, judaísmo y cristianismo-, porque ser occidental y fiel de una religión que no sea una de las tres citadas -que son las verdaderas sin duda alguna- es de un esnobismo sencillamente despreciable, y puede que incluso punible. Pero volviendo al centro del asunto: las religiones del Libro tienen como finalidad aliviar la angustia que nos causa la muerte, y a tal fin proyectan al futuro la vida verdadera. Esta vida no es más que una iluasión a la que seguirá una vida verdadera, plena e infinita después de la muerte física, pero eso sí, siempre que cumplamos ciertas normas, siempre que seamos buenos. La imaginación de que han hecho gala las minorías poderosas para controlar a las mayorías desheredadas, haciendo uso de esta creencia absurda en la vida ultraterrena no ha sido baladí, como no lo es recordarlo en este punto, que el papel de la religión en el control social y en la represión de las conciencias es otra de las razones que me alejan de ella.

Quizás haya otra vida después de esta. No lo sé y se me escapa cómo puede ser posible. Lo que sé a ciencia cierta, sin embargo, es que esta vida es limitada, es que esta vida se va a acabar, y lo que tengo seguro es que lo que quiera hacer, lo tengo que hacer en ésta vida y no en la otra. Si cuando entregue mis dos monedas a Caronte al otro lado de la laguna Estigia me encuentro con que hay realmente otra vida en la que mi conciencia individual permanece, ya me plantearé entonces nuevos objetivos. Los que tengo hoy deben ser acometidos antes de ese momento.