Caperucita rojaMiren, les voy a contar un cuento, de parte de una persona que no quiere que le nombre porque dice que el hundo. Es cobarde. El cuento se intitula “Caperucita roja

Había una vez una niña muy bonita y reguapa, muy mona y tal. Su madre le había con mucho cariño hecho una capa roja y la muchachita la siempre puesta. Por eso, todo el mundo la llamaba Caperucita Roja, además de otras cosas y por otras razones, pero este es un cuento para niños (y niñas), por eso es mejor que dejemos ess tema para otro momento y lugar más adecuado.

Un día, la mamá de Caperucita le pidió que llevase unos pasteles de calabaza con carne y pasas a su abuela, una viejecita muy amable y muy dicharachera, que por cierto tenía el carnet de conducir número 13 de la provincia de Huesca, que vivía al otro lado del bosque. Como la mamá de Caperucita era ya una mujer hecha y derecha, le hizo algunas recomendaciones inteligentes, no siendo la menos importante de ellas que no se entretuviese por el camino. Cruzar el bosque era peligroso, ya que siempre andaba por ahí acechando el lobo, un menda muy malo y muy antipático que, por un quítame allá esas pajas le mete a uno (o a una ) en un lío de no te menees.

Así que Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino, con su ipod, dudando si acudir a casa de su anciana antepasada escuchando zarzuela o canciones patrióticas. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas…

En estas que se presentó ante ella, sin previo aviso, ni nada, el mísmísimo lobo, todo sucio y despeinado.

-¡Hostia, tú!, dijo la niña, que no le cabía el susto en el cuerpo.

– ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca y aguardentosa

– A casa de mi abuelita, chaval- le dijo Caperucita, como haciéndose la dura, pero lo que se dice acojonada.

– No está lejos- pensó el lobo para sus interioridades, dándose media vuelta.

Aliviada, al ver que el lobo se las piraba, Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores de variado colores aromas y sabores. “El lobo se ha ido”,pensó, “ya no tengo nada que temer, y la abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles”.

Mientras Caperucita se hacía esta inocente composición de lugar, el lobo corría que se las pelaba hacia la casa de la Abuelita. Cuando llegó, dedicó unos minutos a recuperar el resuello, y llamó suavemente a la puerta. La adorable anciantita le abrió la puerta pensando que era Caperucita…

Lo que no sabía el lobo malo era que un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo y se había dado cuenta de cuáles eran sus planes.

En lo que se conoce como un pispás, el lobo devoró a la Abuelita, dos o tres bocados, sin apenas mancharse los dientes, y se puso el gorro rosa de la desdichada. Hecho un pincel, se metió en la cama y cerró los ojos. Estaba a punto de quedarse traspuesto, cuando la bella Caperucita entro como Pedro por su casa, toda contenta., toda contenta. Se acercó a la cama y vio que la abuela estaba muy cambiada. Como que le había salido barba, se le había agriado el gesto y tenía una boca larga, como la nariz de Mortadela.

– Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!, dijo inocente…

– Son para verte mejor, respondió el lobo tratando de imitar la voz de la abuela, mientras pensaba: “esta niña es idiota, a ver siesto al final va a colar”.

– Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!

– Son para oírte mejor, iguió diciendo el lobo, y para sus entresijos: “Pues sí que cuela, a esta me la zampo yo”.

– Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

– Son para…¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.

Mientras tanto, el cazador que se había quedado preocupado, creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba. Y cómo roncaba el tío.

El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. Cómo le olían las tripas al animal, oigan. Era eso de verlo y no creerlo. pero más increíble era lo que encontraron en los entreijos del lobo, a medio camnino entre el páncreas y el duodeno, a mano derecha según se entra: ¡¡la Abuelita y Caperucita estaban allí, vivas, aunque sucias!!!

Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras -que fíjense ustedes qué mala leche, y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, que es lo que tienen las piedras, que pesan much ocayó en el estanque de cabeza y se ahogó el jodío.

En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, e hicieron mucho gasto en productos de limpieza corporal y doméstica. Hoy todo ello no es más que un mal recuerdo, pero Caperucita Roja ya sabe que no debe pararse nunca en el campo a hablar con ningún desconocido.

Advertencia muy importante: No se crean ustedes que este cuento significa nada, ni que hay ningún paralelismo entre lo contado y la realidad. Ni Caperucita representa a Esperanza Aguirre, ni el lobo representa a Gallardón, ni mucho menos el cazador es Acebes, ni la Abuelita es don manuel Fraga… No, no, no.

Si acaso las piedras son piedras.