La historia es pendular. A mí, la verdad es que mis señores padres, que eran de tendencias liberales (pero de las de verdad, no de las de ahora) no me pegaron demasiado. Vamos, creo que no me pegaron casi nunca, de ahí que haya salido un poco disolvente y vendepatrias. Pero por aquellas fechas, los años setenta, a los niños se les pegaba mucho, porque, como se decía entonces, “la letra con sangre entra”. Ahora no. Ahora le dices a un niño que de comprarle un móvil, nada hasta que se lo pueda pagar él mismo con su primer sueldo de cieneurista, y puedes acabar en la cárcel de máxima seguridad de Soto del Real. Ni tanto ni tan calvo. Yo creo que dos tortas bien dadas son como una imagen: valen más que mil palabras. Pues dos tortas bien dadas es lo que en mi humilde opinión hay que darle a esta marisabidilla estudiante de un colegio elitista que ha decidido convertirse en la primera objetora de conciencia a la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Dice la jodía que “no necesito que el Estado piense o elija por mí el tipo de formación y los valores morales que necesito. Para eso, ya tengo a mi familia y también mi propia experiencia. Puedo discernir por mí misma lo que está bien, de lo que no, y sé convivir con los demás sin necesidad de que el Gobierno me imponga una ideología determinada“. Dos tortas bien dadas, todo suspenso para septiembre, imposibilidad de conseguir título académico alguno oficial hasta que no curse la asignatura, y una tarde-noche en la comisaría de Les Corts de Barcelona. Para que aprenda, nunca mejor dicho.

Venga... meta ruido por ahí