Compruebo con cierta sorpresa cómo personas de ambos lados del espectro político llegan idénticas conclusiones tras la lectura de un artículo contra la Ley de Partidos recién publicado por mí en esta misma bitácora: a juicio de todas ellas debo ser, necesariamente, simpatizante de Batasuna.

Por una parte, recibo correos electrónicos de personas muy mal educadas que me dedican todo tipo de calificativos, me desean un amplio abanico de males y me preguntan, entre patrióticos vivas a España y algún arriba no menos patriótico, por qué si soy español y de Madrid simpatizo con Batasuna. Otros, en cambio, desde el otro lado del hemiciclo, se preguntan por qué, después de haberme manifestado en contra de la Ley de Partidos, considero a Iñaki de Juana Chaos un personaje siniestro, si, como todo el mundo sabe, es un preso de conciencia. Aseguran que doy una de cal y otra de arena al atacar a la vez la Ley de Partidos y a De Juana. En ambos casos, se da por sentado que, dadas mis opiniones sobre la Ley de Partidos, tengo que simpatizar con Batasuna.

Pues no. Estar en contra de la Ley de Partidos es un imperativo racional para cualquier mente democrática, como ya he dicho. En cambio, pretender-desde cualquier prejuicio político- que ello implica simpatizar con Batasuna es propio de mentes totalitarias, esas que tanto abundan a diestra y a siniestra. De hecho, como he intentado explicar, si la Ley de Partidos hubiese servido para ilegalizar al Partido Popular o a un partido de corte nacionalsocialista, también estaría en contra de ella. Y pongo estos dos ejemplos porque se supone que son los más alejados de mis posiciones políticas.

No simpatizo con Batasuna. De hecho, me caen bastante gordos. Tolero cualquier posición política, incluidas las separatistas, que son las que profesa Batasuna, pero no entiendo que nadie considere parte de su militancia política amenazar a quien está pegando carteles de partidos adversarios, quemas coches y autobuses, o realizar pintadas en la sede de otra formación política. Y no sólo no simpatizo con Batasuna, sino que me repugnan sus prácticas políticas, al margen del hecho de que no condenen la violencia, o incluso la utilicen ellos en mayor o menor grado. Tampoco simpatizo con el PP, ni con el PNV, ni con el Bloque Nacionalista Galego. Pero no soy partidario de su ilegalición. Creo que hay que perseguir a las personas que cometen delitos, como creo que la democracia, antes de la aprobación de la Ley de Partidos, tenía ya medios suficientes para defenderse de aquellas organizaciones que son utilizadas por las bandas terroristas para blanquear sus actividades u obtener financiación.

Creo que combatir la Ley de Partidos es una obligación cívica, como pagar impuestos. Por eso la combato y pago mis impuestos. Y lo digo después de haberla visto funcionar durante unos años, después de haber estado más o menos callado durante un tiempo. Porque ahora sabemos que al amparo de esta ley se puede dejar en una especie de limbo democrático a cientos personas en el mejor de los casos, y a cientos de miles en el peor, a las que se impide ejercer sus derechos políticos, sin mediar proceso, defensa ni sentencia alguna. Ahora hemos visto cómo es de relativa y arbitraria la frontera entre la legalidad y la ilegalidad. Ahora sabemos que si no se prohíben otros partidos aparte de los del espectro de la izquierda abertzale es por simple voluntad política; ahora sabemos que un gobierno que tuviera voluntad para ello, podría lograr la prohibición de candidaturas de partidos que no tienen relación alguna, ni directa ni indirecta, con ETA. ¿Qué le ocurriría, por ejemplo, a un partido legal y fuera de toda sospecha cuyos militantes decidieran avalar con sus firmas y de manera sistemática candidaturas de una formación que estuviera en el punto de mira de la Ley de Partidos, o incluso aparecer en ellas?

Combatir la Ley de Partidos es necesario para garantizar la calidad de nuestro sistema democrático, y ello al margen de cuáles sean los partidos políticos que en cada momento sean susceptibles de se prohibidos.

Esa y no otra es la razón por la que me he manifestado contra esta ley impropia de una democracia.

Venga... meta ruido por ahí



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