Mi madre murió en 2002. Tenía cáncer. Un día, cuando ya estaba muy mal, le dio una especie de ataque. Una ambulancia la llevó al Hospital Puerta de Hierro, que es el que le correspondía, y en el que le habían tratado su enfermedad. Como consecuencia de ese ataque, quedó en un estado semiinconsciente y agitado, y los médicos nos recomendaron su sedación. No había ya solución y esa era la única forma de que no sufriera ahogos y dolores. La sedamos.

El otro día estuve en el velatorio de una persona conocida que ha muerto esta misma semana. Según me han contado, aunque el momento de la muerte fue más o menos tranquilo, la agonía duró varios días, durante los cuales el paciente estuvo consciente, y los médicos avisaron en repetidas ocasiones a la familia de que estuvieran preparados para que la muerte fuera “desagradable” y “traumática”. A pesar de ello, los médicos ni siquiera recomendaron la sedación.

Hoy, el doctor Luis Montes, al que los obispos subvencionados han llamado “asesino” por boca de Federico Jiménez Losantos, Cristina López Schtichting y Cesar Vidal, al que la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y el exconsejero de Sanidad, Manuel Lamela, han y hecho la vida imposible en los últimos años, a causa de que su práctica médica como Coordinador del Servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés tuvo en todo momento el sufrimiento del paciente en el centro de sus preocupaciones, y no los falsos valores sobrenaturales que parece querer promover el PP, ha dicho en una recomendable entrevista en El País que como consecuencia del ataque de las autoridades sanitarias madrileñas al derecho a morir sin dolor, en Madrid, la gente se está muriendo en condiciones lamentables y más propias del siglo XIX que del XXI.

Como todos, moriré algún día. Probablemente de cáncer. Es una especie de tradición familiar. Sin duda, y si aún está en ejercicio, deseo que en mis últimos días me atienda el doctor Luis Montes.

Venga... meta ruido por ahí



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