El Monumento al Soldado Soviétido en BerlínSe ha muerto Pablo Sorozábal Serrano, músico, escritor, traductor y comunista. Yo, que soy una persona inculta, pero aficionada a la zarzuela, le conocía de refilón, y le tenía más ubicado en el nacionalismo vasco más o menos radical que en el comunismo internacionalista. Pues parece que era más comunista que otra cosa. Y yo no digo nada. Busquen en google Pablo Sorózábal Serrano y verán que, sin lugar a dudas era una persona culta, inteligente e instruida, al margen de su ubicación política. Sin embargo, parece que sus amigos han decidido que lo único que se sepa del difunto es que cuando cayó el Muro de Berlín, escribió un artículo, a mi juicio lamentable, intitulado “Elogio sentimental del tanque ruso”.

Un artículo absurdo, lo escribiera quien lo escribiera, en el que entre otras, hace la siguiente reflexión desaforada (y yo supongo que irónica):

Siempre odié la guerra y la odio. Siempre amé la paz, y la amo. He aquí justamente la razón por la que el tanque ruso suscitó en mí tan hondos sentimientos de ternura, de admiración y solidario fervor. El tanque ruso enarbolaba la bandera de la hoz y el martillo, la roja bandera del comunismo internacionalista, esto es, la bandera de la paz, la razón, la humanidad y la justicia. Ahora bien, si es cierto que el tanque ruso se convirtió en símbolo de la victoriosa revolución socialista decidida no sólo a terminar de una vez por todas con la barbarie capitalista en los territorios del antiguo imperio zarista, sino a frenar y contener dicha barbarie en el resto del mundo, también es cierto que otras armas en manos bolcheviques no eran menos merecedoras de ternura, fervor y solidaria admiración, como la artillería, pesada o ligera, la audaz y temible artillería soviética, como las baterías de cohetes Katiuska, los fusiles automáticos Kalashnikov o la aviación de caza, sin olvidar las bombas nucleares y sus misiles portadores, cuya existencia (conseguida con tan enormes sacrificios del pueblo soviético) logró impedir, a principios de los años cincuenta, que el imperialismo, con EE UU a la cabeza, continuara arrojando las suyas sobre ciudades indefensas, asesinado en un abrir y cerrar de ojos a centenares de miles de personas, como hizo en Hiroshima y Nagasaki.

Pueden ustedes leer un extracto más largo de este artículo en el blog de I fought the law. A quienes celebran este artículo de Sorozábal como una genialidad, yo les recomendaría que leyeran un librito muy interesante, que no es un tratado de historia, ni un libro-denuncia sobre los crímenes del comunismo, sino que es el diario de una mujer escrito durante los último días de la II Guerra Mundial, en Berlín. Es la guerra y la invasión soviética de Berlín, desde el punto de vista de los civiles, y sobre todo, de las mujeres. El libro es Una Mujer en Berlín, y su autora ha querido mantenerse en el anonimato, incluso después de su muerte, ocurrida en 2002, creo.

Y es que “la bandera de la hoz y el martillo, la roja bandera del comunismo internacionalista” no fueron durante la II Guerra Mundial, ni durante ninguna otra guerra, “la bandera de la paz, la razón, la humanidad y la justicia“, sino más bien fueron el estandarte de la opresión y la barbarie.

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