Matrioskas¡Uy! Se me olvidaba decirles que esta tarde retomo mis estudios de ruso. Unos estudios que comencé cuando era joven, en la Escuela Oficial de Idiomas de esta plaza -que es Madrid- y que tuve que abandonar cuando me trasladé a Valladolid al objeto de iniciar en dicha metrópoli mi peripecia periodística remunerada. Resultó que en la Escuela de Idiomas de la capital castellana no enseñaban esta bella y sonora lengua eslava, no tengo claro si por minoritaria o por subversiva, que todavía andaba la Unión Soviética dando coletazos y el Muro aún dividía la ciudad de Berín. Así que tuve que abandonar su aprendizaje cuando tenía ya dos cursos asimilados y aprobados con buena nota, y estaba a punto de examinarme de tercero.

Y esto era algo que venía desde hace varios años ya reconcomíendome los higadillos, las mollejas, los entresijos, y, en líneas generales, los menudillos. Que me parecía un auténtico despropósito haber abandonado el estudio de una lengua como la rusa, tan poco extendida en nuestra patria, y tan mal vista durante tantos años. Así que me dije: “Don Ricardo -que ya saben ustedes el respeto y la admiración que siento por mí mismo- no puedes perder lo que tienes aprendido, así que haz algo útil en la vida“.

Y dicho y hecho: me he planteado las dos cosas que, a juicio del común de los mortales, son de gran utilidad para la vida cotidiana y a ellas he sumado el estudio de la lengua rusa para presentarme a mí mismo un abanico de posibilidades. Una de esas cosas que tan útiles parecen a la general concurrencia es la lengua inglesa. A mí, personalmente, me parece una lengua cuyo conocimiento es del todo inútil y no puede producir a nadie provecho alguno. Vayas donde vayas, todo el mundo sabe inglés. Es una vulgaridad, y además es una lengua bárbara compuesta por monosílabos de pronunciación aleatoria. Lo descarté en seguida.

La segunda opción, esa otra cosa que todo el mundo sostiene que es de gran utilidad, es la obtención de la licencia para guiar vehículos de tracción mecánica, también conocida como carnet de conducir. He de confesar en este punto, para que puedan ustedes lograr una correcta comprensión de este texto, que ya se va alargando, y obtengan el correspondiente provecho del mismo, que no tengo carnet de conducir alguno a mi nombre. Hasta la fecha no lo he considerado necesario, y siempre que he tenido necesidad de realizar algún desplazamiento en el medio de locomoción para cuyo uso habilita la licencia de referencia, no he tenido más que mirar en mi entorno, y en todas las ocasiones alguien iba al mismo sitio que yo. Valorada de esta manera la situación, consideré que no había ventaja práctica alguna en obtener uno de esos papelitos rosas que, por otra parte, y a la vista de la experiencia, sólo sirven para buscarle a su propietario problemas con la guardia civil en cuanto se salta la más mínima norma.

Así que, partidario como soy -y ferviente- de la teoría de que la mejor manera de tener los cotizados puntos a buen recaudo es no tenerlos todavía, porque no se puede perder lo que no se tiene, opté por presentarme en la Fundación Pushkin -que está, por cierto, a dos pasos de mi dulce hogar- y obtener información acerca de los trámites de inscripción, así como consejo acerca de en qué curso matricularme, ya que prácticamente lo he olvidado todo. Como resultado de dichas gestiones, esta tarde comienzo de nuevo mis estudios de la lengua materna de Vladimir Ilich Ulianov.

Ya les contaré. Y otro día les hablo de política, que me está dando mucha pereza.

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