Carlos LlamasSoy poco amigo de los homenajes a personajes de carácter más o menos público con ocasión de su fallecimiento. Nunca nadie ha leído ninguno en esta bitácora. Ni los va a leer, probablemente, en lo futuro. En general, considero que las personas a las que la sociedad aprecia o respeta, deben ser homenajeadas en vida y cuando tienen la capacidad de percibir el respeto que sienten por ellos sus conciudadanos. Me parece hipócrita deshacerse en alabanzas con alguien a quien sólo se conoce por la imagen que dan los medios de comunicación. Me he enterado por don Federico de la muerte de Carlos Llamas, y no tengo más remedio que que decir que me ha entristecido mucho, y parece que a don Federico también. No conocía a Carlos Llamas, pero puedo decir que todas las noches, casi todas las noches desde que tengo uso de razón, escuchaba -quizás no entero, pero sí a ratos, y especialmente la tertulia de 11 a 12- Hora 25. La voz de Carlos Llamas se había convertido, por la fuerza de la costumbre, en algo familiar, en el acompañamiento de los últimos momentos del día -y los primeros del siguiente- y la música de fondo para la redacción de la entrada diaria en esta bitácora, una entrada que muchas veces estaba inspirada en lo que escuchaba en Hora 25, o en algún comentario del propio Carlos Llamas y, especialmente, en su socarronería. Tengo un amigo que dice que es SERadicto. Yo siempre le contestaba lo mismo: yo sólo soy adicto a Carlos Llamas. No puedo decir mucho más, ya que no le conocía. No sé si era buena persona o no;  no sé si le querían sus amigos y sus compañeros o no -aunque a juzgar por cómo le recibieron cuando volvió después de meses de baja antes del verano- estoy seguro de que en ambos casos la respuesta es sí. Lo único que puedo decir es que yo le voy a echar de menos y que, probablemente, seguiré escuchando Hora 25, pero ya sin adicciones.

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