Marcos AnaNacho Abad Andújar
Madrid Sindical

Marcos Ana (Alconada, Salamanca, 1920) fue uno de los presos políticos que más tiempo pasó en las cárceles franquistas: 23 años. Cuando salió en libertad tenía 41. Y no conocía el amor. Pero sí se conocían sus versos. Él los escribía en la celda. Y los sacaba clandestinamente al exterior. Su poesía era la voz de los sin voz. Y cuando recuperó la libertad, recorrió toda Europa -menos Albania- y América, convertido en símbolo de la resistencia antifranquista. Allende lo recibió, y el Che, cuando era ministro en Cuba. Con Neruda estuvo en isla Negra. Ahora, a sus 87 años, todavía militante del PCE y de CCOO, ha llevado al papel todo lo que relató cuando comparecía en los actos públicos que lo homenajeaban. “Llevaba 22 años en la cárcel y ya me costaba recordar las cosas más elementales de la vida. Por eso escribí el poema Decidme cómo es un árbol“. Ése verso da nombre al libro, que lleva por subtítulo Memoria de la prisión y la vida. Este poeta, que en realidad se llama Fernando Macarro, adoptó su nombre artístico en recuerdo de sus progenitores, también víctimas del alzamiento militar.

PREGUNTA. ¿Cómo se te queda el cuerpo cuando escucha a Mayor Oreja decir que Mayor por qué va a condenar él el franquismo “si hubo gente que lo vivió con natu­ralidad y normalidad”?

RESPUESTA. Con normalidad y alegría, supongo que lo vivieron. Palabras como ésas te llenan de indignación, y suponen además un contraste con la generosidad que nos hemos tenido, porque en la Transición hicimos muchas concesiones y olvidamos muchas cosas. La política de reconciliación nacional acabó con una am­nistía general para todos, para que ellos y nosotros, nos sintiéramos seguros en la democracia. La respuesta [de Mayor Oreja] demuestra que son herederos del franquismo. Aunque no todos los del PP. El otro día, por ejemplo, me llamó un señor de Burgos y me dice: soy de derechas, estoy muy lejos de su ideología, pero he leído una entrevista suya y me ha llenado de emoción la generosidad con la que usted trata el pa­sado y el presente, su falta de rencor, y estoy deseando que venga a Burgos a presentar su libro para estre­char su mano. Y es un hombre de derechas. Pero, desgraciadamente, la élite del PP está demasiado cerca de ese pasado.

P. 23 años encarcelado, dos condenas a muerte, exiliado, familiares muertos en la guerra. ¿Alguien le ha pedido perdón alguna vez?

R. Nunca. Por eso queremos que la memoria histórica sea el reconocimiento de lo que hemos dado en la lucha por la libertad y democracia que disfrutamos hoy.

P. ¿Le vale la Ley aprobada por el Congreso?

R. Se han hecho muchos regates para dejar fuera el fondo del problema, la anulación de todos los procesos y condenas dictados en la dictadura. Es una incoherencia porque en 2002 el Con­greso aprobó por unanimidad condenar el régimen franquista, que se alzó contra un régimen legal. Y lo lógico es anular los procesos de un régimen ilegal. Es cierto que se consiguen reivindicaciones como el reconocimiento de los guerrilleros, las pensiones para las viudas, eliminación de símbolos franquistas… Pero como no declaran ilegal el régimen, sino ilegítimo, podemos pedir la anulación perso­nal de cada proceso, pero uno por uno. Yo no lo voy a hacer. ¿Pedir que me revisen mi condena? Imagí­nate lo que tardará eso si cada uno hace su petición. Después de 40 años no se nos puede regatear ese derecho.

P. ¿Por qué cree que no se ha optado por la anulación global de las condenas?

R. La política es el arte de lo posible. Ya conocemos las insuficiencias que tiene el Gobierno en sus polí­ticas, pero la razón está en la capacidad de presión del PP en la sociedad española.

P. ¿Qué responde a los que dicen que crímenes hubo en ambos bandos?

R. Hay que reconocer que en los primeros meses se produjeron en la zona republicana actos incontrolados. Pero no era la política del Gobierno ni del Frente Popular. En las altas temperaturas de una guerra civil y con la indignación que produjo la sublevación fascista, algunas cosas de ésas podían producirse. Pero a los tres meses aquello se acabó, cuando el Gobierno controló la situación. La diferencia era que ellos cuando avanzaban con sus columnas, como la del célebre Yagüe, masacraban a la gente para que no le les quedara en la retaguardia insurgentes vivos. Y lo que es peor y más condenable, terminada la guerra si­guen matando durante 40 años. No hay punto de comparación. Además, no es igual luchar contra la li­bertad que defenderla. No se puede hacer una comparación salomónica entre los primeros meses de la guerra y los 40 años posteriores de homicidio.

P. ¿Con qué mirada hay que contemplar el pasado?

R. Sin rencor. Han sido 40 años, y ya han pasado más de 30 desde el fin de la dictadura. El caso de España no es como el de otros países, Chile o Argentina, donde todo es más reciente y aún se sigue juzgando a militares. Aquí tuvimos que llegar a la solución de una amnistía para que todo el mundo se sintiera exento de culpa. Pero la amnistía no es la amnesia. El olvido es otra cosa. Nosotros consideramos entonces que se cerrase ese período de tragedia nacional, y lo hicimos por el bien de España. Pero otra cosa es olvidar el pasado. Y menos aún que se nieguen a reconocernos como demócratas que luchamos por devolver la libertad a España.

P. ¿Qué se ha conseguido en este país de aquello por lo que usted luchaba?

R. Vivimos en una democracia, con todas las deficiencias que tenga, pero una democracia, cuya diferen­cia con una dictadura es muy notable. Mi ideal es llegar a una sociedad socialista. Pero no estamos en ese momento de lucha. Ahora toca luchar por muchos problemas que tiene la ciudadanía y por hacer más pro­funda la democracia, más sustancial. Pero desgraciadamente la derecha en este país tiene su fuerza y hay que convivir con esa realidad.

P. ¿Es una derecha anclada en el pasado?

R. Muy anclada y muy retrógrada. Ahora es más de derechas que antes. En los primeros tiempos de la Transición, cuando nos abrimos a la democracia, hasta Fraga presentó a Carrillo en el Círculo del Siglo XXI. Y ahora han retrocedido. Se han echado al monte. Son la negación de todo. No han asumido la pérdida de poder. Y su único objetivo es recuperarlo como sea. Les importa tres leches los problemas de la ciudadanía. Especulan con todo, con que si España se va a dividir, y se olvidan de que quien dividió a España a sangre y fuego fueron ellos, o sus antecesores, el 18 de julio de 1936.

P. En Alemania o Italia la inmensa mayoría de la sociedad condena su pasado fascista. Aquí parece que cuesta más.

R. En Alemania a nadie se le ocurre mantener una estatua de Hitler. Aquí ha habido temor por parte de los gobiernos de izquierda. Con Felipe González, cuando tenía la mayoría absoluta, podía haber abordado y resuelto este problema. Pero quizá pensaban que la situación no estaba madura. Y uno de los aspectos buenos de la Ley de la Memoria Histórica es permitir la desaparición legal de todos los símbolos fran­quistas.

P. Como cantaba Pablo Guerrero, ¿”todavía es tiempo de soñar y creer”?

R. Hemos tenido muchos naufragios y fracasos, pero las ideas permanecen. Las ideas están por encima de los hombres y sus equivocaciones. Por encima de los partidos y los países que las prostituyeron, como los países socialistas. Me preguntan muchas veces: ¿usted sigue siendo comunista? Si usted me puede ofrecer algo mejor, lo pensaré-

P. Siendo Al Gore vicepresidente, EEUU bombardeó Sudán, Irak, Afganistán, Albania, Zaire, Yugosla­via, Haití y Liberia. Siendo Al Gore vicepresidente, EEUU se negó a firmar el protocolo de Kioto. Y ahora es el último Premio Nobel de la Paz.

R. Lo han hecho por el problema ecológico. Pero Al Gore es un yankee con todas las consecuencias y ya entonces aplicaban la política que aplica ahora Bush. De vez en cuando los suecos hacen cosas como ésta con el Nobel, como cuando se lo dieron a Kissinger.

P. ¿Su poesía ha podido ser más valorada por las condiciones en las que fue escrita?

R. Empecé a escribir poemas en la cárcel en 1954. Nunca he tratado con las editoriales. Mis poemas salían clandestinamente de la prisión y los echaba a andar por el mundo. Y cuando los comités extranjeros de solidaridad con los presos políticos de España tenían un manojo de poemas, publicaban un libro. Mu­chos con los mismos poemas, por ser en diferentes países. La gente veía en mí no sólo a Marcos Ana, sino a la España martirizada. Mi voz era la voz de muchos cautivos. Se valoraba lo que yo representaba. Y a pesar de estar 23 años en la cárcel, con dos condenas a muerta, he sido, hasta cierto punto, un privilegiado porque cuando salí en libertad la vida me abrió los brazos muy generosamente. He vivido muy intensa­mente. He sido agasajado por la gente. Recorrí medio mundo. Y todo eso me lleva siempre a pensar en los seres oscuros, en la gente sencilla y anónima que pasó lo que yo y de la que nadie se acuerda. Seres oscuros que también fueron torturados y nadie conoce. Seres que sin ellos no hubiera funcionado el en­granaje de nuestra lucha, porque es la colectividad la que hace andar la rueda de la historia.

P. La inmensa corriente de solidaridad que se vivió en las cárceles españolas: eso se lleva muy adentro.

R. En la cárcel se vivieron dos períodos. Hasta que llegó la segunda guerra mundial fue una etapa de su­pervivencia. Había mucha hambre. Nos comíamos las hierbas que crecían entre las baldosas del patio. Después, con la victoria aliada, el mundo volvió a mirar a España y se empezaron a crear comités de soli­daridad en otros países. Para nuestras familias fue un alivio. Llegaban a la cárcel con un paquete de Che­coslovaquia o de los metalúrgicos franceses. La solidaridad empezó a funcionar. Y convertimos la cárcel en una universidad. Teníamos cursos políticos. Acabamos con el poco analfabetismo que había. Fue una verdadera universidad democrática. Teníamos hasta cursos de libertos, que consistían en formar a los compañeros que iban a salir libres. Dos meses antes de su liberación, los sacábamos de la organización clandestina [muy presentes en las cárceles con presos políticos] para que no corrieran ningún riesgo. Pa­saban a un curso donde compañeros que ya habían conocido la clandestinidad afuera, les adiestraban para la lucha clandestina en el exterior.

P. Y les hacía aprenderse sus poemas para que los trascribieran y se publicasen.

R. Así luego me encontré con poemas míos que tenían remedos de tela vieja, porque los compañeros cuando olvidaban un verso añadían otro de su cosecha. Y me he visto leyendo poemas míos donde algu­nos verso me bailaban.

P. ¿Y ahora?

R. Fue un tiempo doloroso y maravilloso. Ahora me siento en un bar que hay frente a la antigua cárcel de Porlier, donde estuve condenado a muerte. Y siempre me digo: joder, yo tendría que mirar ese edificio como quien recuerda una pesadilla a la que no quiere volver. Pues lo recuerdo con añoranza y cariño, porque fue una escuela de humanidad, solidaridad y compañerismo. Como era joven, tenía fe en el futuro. Sabía que nos pertenecía.

P. Torturado y con dos condenas a muerte. ¿Deseó la muerte alguna vez?

R. No. Sabemos que cuando se tienen ideales se paga así. He tenido una vida dura pero noble. Cuando te torturaban, te apoyabas mucho en tus ideas. Tuve la experiencia de saber que en los revolucionarios hay una especie de cosa sumergida que aparece cuando la necesitamos si tienes conciencia y convicciones. En la Dirección General de Seguridad podías comportarte de tres maneras. Con torpeza, y la policía te ma­nejaba y decías cosas que no debías decir. Con debilidad, y era que no pudieras soportar la tortura. Y con traición. Cuando era torturado, lo importante era la imaginación. Me imaginaba que si volvía a la cárcel vencido, no podría mirar a los ojos de mis compañeros e iba a estar en un rincón del patio como un mu­ñeco con el horizonte roto. Me avergonzaba pensar en ello. Y si volvía entero, sabía que recibiría el ca­riño y orgullo de mis compañeros. Representarte tu futuro inmediato era lo que te hacía ser más fuerte que la tortura.

P. ¿La juventud es consciente de lo que ha vivido este país?

R. Tenemos que hacer un esfuerzo en esa dirección. Yo he escrito este libro pensando en mis camaradas, porque ya están al tanto de las cosas. Lo he hecho pensando en la gente que no nos conoce y tiene una idea equivocada y tremendista de lo que somos los comunistas y los luchadores por la libertad. Yo qui­siera que lo leyeran los jóvenes. Ellos son el futuro. En la juventud está nuestra esperanza. En ellos hemos sembrado nuestra historia y creo que antes o después las nuevas generaciones continuarán nuestra lucha y quizá lleguen a sitios que nosotros no alcanzamos.

P. ¿Qué se espera de la vida con 87 años?

R. La vida tiene muchas satisfacciones. Se puede ser feliz en cualquier época de la vida. Todas son her­mosas. Siempre he sido un profesor de optimismo. Si lo fui cuando estaba en la cárcel y condenado a muerte, imagínate ahora, que me rodea la vida y el compañerismo.

P. ¿Volvería a alistarse en el bando vencido?

R. Mil veces naciera, mil veces volvería a ser comunista. Pero soy un comunista de nuestro tiempo, no soy un comunista de cuartel, encerrado en su doctrina pensando que no hay más luces que las tuyas. Ése es el mayor error. Soy un comunista abierto, que va con sus ideas a la intemperie y las constata con la de los demás. Moriré comunista, a pesar de los fracasos.

P. ¿Sigue escribiendo poesía?

R. De vez en cuando, cuando me enamoro.

P. ¿Y se enamora mucho?

R. Bastante. El amor es lo mejor de la vida.

Tagged with →