DerechaespanolaLa derecha española es miserable, mezquina, traicionera, marrullera, desleal, tramposa, antidemocrática y muchas otras cosas, todas ellas entre malas y muy malas. Lo hemos podido comprobar a lo largo de los tres años que han transcurrido desde el 11 de marzo de 2004 hasta ayer mismo. Y, probablemente, tendremos más muestras en lo por venir. Pidió don Mariano Rajoy antes de ayer, 24 horas antes de que se hiciera pública la sentencia que condena moral, política e históricamente al PP y a sus voceros, que no se hiciera uso político de la sentencia. Es natural que lo pida, como es natural que yo, que soy un ciudadano amante de la ley, el orden y el progreso, sí haga uso político de ella.

A lo largo de estos tres años hemos asistido a un espectáculo que, en cualquier otro país europeo, hubiera supuesto el desprestigio definitivo, el ostracismo ciudadano, el hundimiento político, y quizás el procesamiento judicial de quienes lo protagonizaron. Los máximos dirigentes del partido político que ha perdido las elecciones, con un expresidente del gobierno entre ellos, y sus más conspicuos portavoces mediáticos han inventado y sostenido una delirante trama según la cual el atentado del 11-M, que tuvo un saldo de 192 personas muertas y varios cientos de heridos y damnificados, estuvo en realidad organizado por Zapatero y por la ETA, con el fin de cambiar de gobierno, y que se culpó de ello, mediante la colocación de pistas falsas para la investigación, a unos pobres moritos buenos a los que se asesinó primero y luego se trasladó a un piso de Leganés junto a 20 kilos de explosivo para simular un suicidio. Según esta paranoica trama, policías y guardias civiles afines al PSOE e infiltrados en la cúpula policial de la época del ministro Acebes se habrían encargado de dejar pistas falsas y engañar al pobre ministro,que aseguró, cuando ya sabía que se trataba de un atentado yihadista, que quien negase la autoría de ETA era un miserable. Nunca hasta entonces ser miserable había tenido connotaciones positivas. Muchos fuimos miserables porque sabíamos la verdad que nos pretendían ocultar.

Durante estos tres años han hecho lo mismo, pero con intensidad multiplicada, que hacen sistemáticamente con las víctimas del terrorismo etarra. Han utilizado a los 192 muertos del 11-M para sus fines políticos desde el primer momento. Hasta el mismo momento de las elecciones mantuvieron la especie de que había sido ETA, cuando sabían, como lo sabíamos todos, salvo en las primeras dos o tres horas, que se trataba de un atentado yihadista. Por algún motivo pensaban que un gran atentado de ETA dos días antes de las elecciones les favorecería electoralmente, y trataron de convencernos de que había sido ETA. Y lo hicieron con violencia verbal, con extorsión mediática y hasta con amenazas veladas de represión directa realizadas por el propio candidato del PP a la presidencia del Gobierno, don Mariano Rajoy, que pidió la intervención de la policía contra la ciudadanía que exigía en la calle la verdad.

Perdieron las elecciones por ser unos mentirosos, pero no por haberlo sido sólo durante los tres días anteriores a las elecciones. Las iban a perder de todas formas porque llevaban años siendo mentirosos y teniendo la certeza moral de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Lo dijo la ministra indigna Ana Palacio una y otra vez en el Consejo de Seguridad de la ONU, y metieron a España en una guerra injusta, ilegal y de agresión que ha causado ya varias decenas de miles de víctimas mortales y ha excitado al terrorismo yihadista hasta límites desconocidos hasta la fecha.

Perdieron las elecciones, pero siguieron manteniendo la mentira. La derecha española que es, como les he dicho antes, miserable, mezquina, traicionera, marrullera, desleal, tramposa y antidemocrática nunca ha aceptado demasiado bien las derrotas electorales. No hablaremos del 16 de febrero de 1936: eran otras personas y otros tiempos. Pero si debemos recordar a don Javier Arenas que la noche electoral de 1993 mostraba en rueda de prensa su convencimiento de que el PSOE les acababa de ganar las elecciones gracias a un pucherazo. O las elecciones de 2003 en la Comunidad de Madrid, que fueron robadas a la izquierda a golpe de talón, según se va sabiendo.

Mantuvieron la mentira. La necesitaban, porque había que deslegitimar el resultado electoral. Así es como entraron en juego los voceros mediáticos: Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos, con su cuerpo de choque, los Peones Negros del siniestro Luis del Pino, que empezaron a publicar una larguísima serie de “revelaciones periodísticas” y de artículos de opinión en los que valía todo con tal de desautorizar el resultado electoral. Así, se jugó con la estabilidad institucional, se realizaron ataques y presiones de todo tipo contra el poder judicial, especialmente contra el juez instructor de la causa, se presionó y se difamó hasta la destrucción personal a profesionales de la policía porque no se plegaban a las consignas que salían de Génova, y que se difundían por la radio de la Conferencia Episcopal, se acusó al partido que había ganado las elecciones de estar detrás de la preparación de los atentados, e incluso se torturó moralmente, se insultó y se intentó desprestigiar a las víctimas del 11-M, personificadas en la presidenta de la asociación que las agrupa a casi todas, Pilar Manjón, a la que los seguidores de Aznar, Acebes, Zaplana y Rajoy llegaron a gritar en las puertas del Congreso de los Diputados que se metiera sus muertos “por el culo”.

Ya hay sentencia, y la sentencia desmiente todas las mentiras que el PP y sus voceros han intentado extender durante estos años. ¿Y ahora qué va a pasar? Como he dicho antes, en cualquier otro país europeo, el desprestigio profesional perseguiría a sujetos como Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos, que serían destituidos de sus cargos y nunca más contratados como periodistas en ningún medio de comunicación, y el ostracismo político haría mella en quienes llevaron las teorías conspiranóicas a las instituciones y al epicentro del debate político, es decir, a Mariano Rajoy, a Angel Acebes, a Eduardo Zaplana y a José María Aznar. En cualquier otro país europeo, un partido político que tuviera a estos elementos en su cúpula directiva recibiría la reprobación de los votantes, si es que antes, sus bases no les hubieran apartado de la dirección del partido y de cualquier candidatura.

Pero en España, no. Porque Spain is different. Es una gran nación.

Y hace bien don Mariano en estar orgulloso de ser español. Es, precisamente, lo que le mantiene arriba.

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