Eduardo Zaplana, el simpáticoYo, la verdad es que no entiendo muy bien por qué ni el ministro de Interior, ni don Pepiño, ni el propio presidente del Gobierno, últimamente conocido como don Z, no complacen al pobre Edu, que le va a dar algo. Dice Edu, con los malos modos que le caracterizan, que a ver por qué nadie del Gobierno reconoce que según la sentencia, el atentado del 11-M no fue como consecuencia de la Guerra de Irak, y que por lo tanto no hay responsabilidad moral alguna de los instigadores de dicha guerra en el atentado de Madrid. Y como parece que los socialistas andan sectarizados con este tema, pues voy a hacerlo yo. La verdad es que no he leído la sentencia -el ordenador se me bloquea cada vez que intento bajar los famosos 600 folios- sino apenas el resumen que Gómez Bermúdez leyó ante los interesados y los medios de comunicación. Pero ya les decía ayer que soy un ciudadano amante de la ley, el orden y el progreso, razón por la cual no está entre los hechos que mi mente puede procesar que uno de los padres de la patria mienta. Así que si el procer Zaplana dice que la sentencia sostiene que no hay relación de causa efecto alguna entre la guerra de Irak y el atentado de Madrid, pues yo me lo creo. Y chitón. No necesito leer más, y actúo en consecuencia como verán ustedes en el párrafo siguiente.

Pues ya está. Por mi parte, he reconocido el error y la injusticia que durante estos años he cometido con el atribulado don José María. Ahora queda que don Eduardo, o don Mariano, o don Ángel, o sus voceros don Pedro J. o don Federico reconozcan que -fuera Irak o no la causa del atentado de Madrid, que parece que no lo fue- ellos han estado intentando alterar el resultado electoral del 14 de marzo de 2004 difundiendo bulos -alguno de ellos, presuntamente delictivo- que pretendían crear la sensación en la sorprendida ciudadanía española de que el PSOE, con la ayuda de agentes infiltrados en la seguridad del estado y de ETA -el malo comodín- preparó y ejecutó el atentado del 11-M, e inculpó de ello a unos moritos buenos a los que hubo que asesinar para que no jodieran el brillante plan.

Quedo, pues, a la espera.

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