Bocata de AnchoasMis queridas tías Ana, María y Elvira solían decir que la mejor manera de combatir la enfermedad era comer. Así que, cuando me ponía malo, me llovían del cielo manitas de cerdo guisadas, huevos rellenos, gallina en pepitoria, niños muertos, sustanciosos guisados… Estos días he pasado por un terrible proceso griposo que me ha sumido en un profundo abismo de desesperación y apatía, durante el cuál ninguna de mis habituales preocupaciones -ya saben ustedes, nuestra amada patria, el devenir de Izquierda Unida, las razones por las que los caracoles babean y el verdadero origen de ese inquietante juego que es el balompié- ha venido a mi mente. Durante los últimos terribles días sólo me ha preocupado comer. Por dos razones: una, por seguir el consejo de mis queridas tías. Otra, por si en éstas terminaba desembarcando al otro lado de la laguna Estigia y no se me presentaba más en lo porvenir la ocasión de comer, por ser alimento del espíritu la cercanía de Dios, y no la de la pitanza.

Esta tarde, sin embargo, he recuperado la ilusión por vivir, y he tomado dos decisiones: ir a clase de ruso y dar por terminado el proceso griposo con una cena frugal: un plato de una sopita de jamón muy buena que tengo de ayer, y un bocadillo de anchoas de unos cuarenta centrímetros de longitud, que si fuese de menos talla, lo llamaría montado o incluso montadito. Así que dicho y hecho. Y para animar la cena, he encendido la radio, ya que la recién recuperada curiosidad por el mundo que me rodea me ha hecho preguntarme qué nueva conjura no habrá descubierto el atribulado don Cesar Vidal contra nuestra patria. Así que con cierta dificultad -no sé que le pasa últimamente al transistor de la cocina, que se niega a sintonizar la emisora de los obispos subvencionados- he prendido el aparatito y en seguida ha llegado a mi oídos la bella, suave y profesoral voz del don Cesar, que efectivamente, estaba enfrascado en poner en conocimiento de su audiencia una tropelía tremenda que el gobierno de Z ha cometido contra uno de los sectores empresariales que más impulsan nuestra economía: el inmobiliario.

Y a tal efecto, el de denunciar la tropelía de Z contra los pobres especuladores, le ayudaba un menda cuyo nombre no he podido escuchar, pero que estaba haciendo el razonamiento que les traslado a continuación. No palabra por palabra, porque no lo he memorizado, pero les juro a ustedes por el Niño Jesús, y por si no es suficiente el aval del niño ese, se lo juro también por los niños Miguelito, Andrés y Carlos Alberto, así como por las niñas Susana y Beíta, que no voy a exagerar. El menda decía que claro, eso que han hecho en Cataluña y en otros sitios de declarar el derecho a la vivienda como un derecho que debe garantizar la administración, y que si las administraciones se ponen a promover viviendas públicas, y si como consecuencia de todo ello, pues baja el precio de la vivienda, a ver qué van a hacer los agentes inmobiliarios que han construido viviendas, y que no las han vendido, que ahora van a ganar menos dinero que el que esperaban o incluso lo van a perder, y que qué injusticia y que España se hunde y tal. Entonces, don Cesar, con gesto preocupado, ha dado paso a una menda que ha recomendado una óptica, y luego han salido unos consejos comerciales que han debido de servir para engordar las arcas de Dios, y finalmente han abierto la sección de cultura, con la recomendación del último de los 314 libros que ha escrito este fin de semana don Cesar.

En estas, le he dado -con gran dolor de mi corazón, y de mi dedo pulgar izquierdo que ha quedado atrapado entrambas mandíbulas- el último mordisco a mi grasiento bocadillo de anchoas, y mi interés por las preocupaciones de don Cesar se vió súbitamente sustituído por el de la programación nocturna de la televisión.

Luego nadie y luego nada.

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