¿Soy un ciberciudadano?Me han invitado mañana a explicar mi experiencia como ciberciudadano en la I Conferencia Internacional Ciberciudadanía y Nuevos Derechos, organizada por el Foro de Investigación y Acción Participativa para el Desarrollo de la Sociedad del Conocimiento (FIAP), con la colaboración de varias entidades, entre otras, el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid. A mí, la verdad es que el asunto me da un poco de vergüenza por varias razones. Mi limitación para hablar en público es una de esas razones, el hecho de sentarme junto a personas como José Cervera o Andoni Alonso, que sin duda saben más de este tema que yo, es otra de las razones antedichas. Ahora bien, lo que más me preocupa es que me voy a sentar esta tarde a explicar mi experiencia como ciberciudadano, y realmente creo que no la tengo. Y no la tengo, porque creo que no existe tal cosa, la ciberciudadanía. Suerte que es una mesa redonda, y tendré que hablar poco tiempo.

Supuestamente, las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación van a permitirnos profundizar en la ciudadanía, van a mejorar nuestras democracias, van a proporcionarnos nuevos derechos y van a desnudar a los políticos y a administraciones, que ya no podrán ocultarnos nada, ni marearnos en redes burocráticas, porque todo estará en bases de datos convenientemente protegidas, pero accesibles por parte de los interesados. ¿Es esto cierto? En mi opinión, sí y no.

Si y no es cierto, como todo lo relacionado con la ciudadanía. La ciudadanía es una promesa de libertad que en realidad no ha sido cumplida hasta la fecha. Y no lo ha sido por dos razones, básicamente. La resistencia de quienes detentan el poder económico y político a renunciar a sus privilegios y a sus resortes de poder, por una parte,  y la pereza política ciudadana, la negativa al compromiso diario, cotidiano con los asuntos públicos de los supuestos ciudadanos, que se contentan con delegar cada cuatro años, y con quejarse constantemente de quien detenta el poder, no tanto porque tengan alternativas razonables, sino por una insana envidia, son las razones fundamentales por las que la promesa de la ciudadanía no ha sido cumplida.

Que los poderosos se resistan a dejar su poder o a aceptar límites al mismo es algo natural, no voy a entrar a analizarlo, porque no soy poderoso, y es algo que no va a cambiar nunca. Ahora bien, la falta de compromiso de las personas que no tenemos poder con el ejercicio de la ciudadanía es lo que convierte a la ciberciudadanía en algo tan imposible, tan irreal, tan utópico como a la propia ciudadanía.

En nuestras democracias actuales es cada vez menor la participación en las elecciones, la política se ve desprestigiada por las actuaciones ilícitas de algunos políticos, que son minoría, y, sobre todo por los ventiladores y los altavoces que a esa actividad ilícita ponen ciertos sectores políticos -ubicados a la derecha- con el objetivo, precisamente, de desprestigiar la actividad política globalmente y desincentivar a los ciudadanos de interesarse por la política. La política se ha convertido a ojos de muchos ciudadanos en un hobby, en una afición, y eres del PP o de IU como puedes ser del Barça o del Rayo Vallecano. No hay debate racional. El debate político cada vez es más pasional. Como consecuencia de esto, la actividad ciudadana se centra cada vez más en torno a los intereses concretos y puntuales, quedando lo público, lo colectivo, lo que es de todos, alejado de la esfera de intereses de las personas.

Quienes desarrollan actividad ciudadana, quienes utilizan los recursos participativos que ponen en nuestras manos nuestras actuales democracias, quienes se esfuerzan por obtener información lo menos sesgada posible sobre lo público, para participar en la toma de decisiones, quienes, en definitiva, entienden la ciudadanía más como una condición que como un derecho, pero en todo caso, como un derecho que no es posible no ejercer, forman en realidad una minoría.

Es cierto que hoy tenemos a nuestra disposición herramientas que nos permiten ejercer nuestra ciudadanía con más garantías. Las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación ponen a nuestro alcance mayor información de la que hemos tenido nunca, nos permiten acceder a fuentes de información que eran inalcanzables para nuestros abuelos, somos capaces de encontrar a personas que tienen nuestras mismas preocupaciones, podemos compartir inquietudes con gente que está muy lejos de nosotros, y entablar juntos, sin apenas costes, cualquier iniciativa política, cultural o social. Así mismo, cada vez es más fácil resolver asuntos con la administración: realizar trámites, pagar impuestos, obtener información…

Pero estos recursos, en mi opinión no cambian la naturaleza de la ciudadanía, sino que la hacen más sencilla. Mientras no hagamos desaparecer la pereza ciudadana a la que me he referido antes, es decir, la falta de interés de los ciudadanos por lo que es de todos, por lo público, no habremos logrado nada más que algo más de comodidad.

Y en eso las nuevas tecnologías nos son de poca ayuda.

Venga... meta ruido por ahí



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