Señores amigos y amigas mías de toda mi consideración: quiero contarles una nueva desgracia que me ha ocurrido. La Virgen del Pilar, patrona de nuestra patria hispana, fundadora de un imperio que ha sobrevivido a los siglos, si no en la realidad tozuda de los mapas, sí en el sentimiento de los inditos ultramarinos, y probablemente como consecuencia de mis ofensas literarias y judiciales a esta luminaria de nuestra querida nación que es don Pío Moa, ha intervenido al objeto de darme justo castigo mediante la oportuna colocación bajo mis pies de un bache de esos que tanto abundan en la Villa y Corte desde que la gobierna el inefable don Alberto Ruiz Gallardón.

Siendo como es cierta la máxima que aprendí en algún tebeo -probablemente de Pepe Gotera y Otilio o Rompetechos, mi favorito- de que la dignidad es lo último que se pierde, salvo en aquellos casos en que se pierde lo primero, me acogí a esta última opción y comencé inmediatamente a proferir sonoros lamentos que provocaron hilaridad a mi señora, y honda preocupación a un señor calvo que pasaba por allí. No sigo narrándoles el sucedido, porque en lo que sigue a continuación la escasa dignidad que conservaba me abandona con decisión, pero sí les diré que la cosa acabó en la sección de traumatología del Hospital Clínico Universitario de San Carlos, de esta misma Villa y Corte, donde entré pensando que tenía un pie roto, y salí barruntando cómo leches iba yo a entrar en el coche y a subir las escaleras de casa, con el pie hinchado, vendado, dolorido, descalzo.

Ya lo ven ustedes. Al final no fue nada. Ni rotura, ni esguince, ni nada. Una simple y espectacular torcedura, extremadamente dolorosa y sin duda merecida que me va a impedir pasear con mis amados perros estos días.

Recen ustedes por mí, como la española de derechas, que lo necesito mucho.

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