Como todos (y todas) en mi familia –salvo mi tío Alejandro, un sujeto desprovisto de cualquiera de los principios morales conocidos y de cuyo parentesco me avergüenzo sobremanera- mi abuela era una mujer sabia. Siempre decía dos cosas acerca del saber, a saber: que el saber no ocupa lugar y que nunca a la cama te irás sin saber una cosa más. También fue ella la que me recomendó insistentemente que nunca atravesara las calles con el semáforo en rojo, consejo que me ha permitido conservar la vida intacta hasta los presentes días.  Esta mañana, después de una larga caminata por mi maravilloso barrio durante la cual he atravesado numerosas calles con el semáforo siempre en verde y recordando a mi querida antepasada,  he tenido ocasión de comprobar el acierto de las teorías que mi abuela tenía sobre el saber, gracias, nada menos, que al Ayuntamiento de Madrid y, en concreto, al inefable grupo de inútiles e improductivas funcionarias del servicio llamado de atención al vecino de la Junta Municipal de Moncloa.

Sobre las 12:30 horas del mediodía me he personado en las mencionadas oficinas al objeto de empadronarme. Ni intuía la de cosas que estaba a punto de aprender y el sordo enfado en  que en poco rato estaría sumergido. Al entrar, una simpática maquinita me anima a sacar un papelito con mi turno: el P66. Llego a la sala de espera y compruebo con alegría que acaban de llamar al P60. Doy gracias al altísimo, por el favor otorgado de tener sólo seis personas por delante de mí: compruebo que hay doce mostradores de atención, de los cuales sólo nueve están en activo. Lo atribuyo al periodo semivacacional y no me parece mal. Así que me digo: “Don Ricardo, rellene usted rápidamente el papelito, no sea que le llamen y no lo tenga preparado”. Manos a la obra: con celeridad, pero con cuidado y aplicación, relleno el impreso. En la pantalla sigue el P60. No hemos avanzado nada.

Me dispongo a hojear –que no ojear, eso es otra cosa- unos libros de ejercicios de ruso que me acabo de comprar.  Quiero conseguir todos los libros de la editorial Rubiños, en su día especializada en libros rusos, y hoy comprada por El Corte Inglés, que ha dejado de editar los manuales de la lengua eslava. Aprendo que los verbos rusos no sólo se clasifican en conjugaciones, sino que también hay grupos de verbos productivos y no productivos. Hay al menos cinco grupos de estos. También hay verbos perfectivos e imperfectivos, y eso, según dice la autora en el prefacio, es un gran obstáculo para el estudio de la legua rusa por parte de los españoles. Lo cual me asusta sobremanera. Recuerdo a mi abuela y me sobrepongo en seguida, aunque no puedo evitar echar un vistazo a la pantalla: el P60. Me agito en mi asiento, pero una funcionaria, ocupada en buscar un caramelo en la cesta que tiene sobre la mesa me mira con severidad. Me encojo y disimulo. Vuelvo al verbo ruso, y ya sé que los hay de movimiento, y que esto es también un grave escollo para el estudio de la bella lengua de la madre Rusia. Respiro aliviado cuando leo que el pasado y el futuro son muy fáciles de estudiar y de usar. Miro con disimulo la pantalla: ahí sigue el P60.

Echo un tímido vistazo a los mostradores, y parece que sus titulares están muy ocupadas, pero nadie atiende a ningún usuario. En la sala esperamos unas 15 personas. Sólo un chico joven, el que ocupa el puesto número 12 está atendiendo a una señora. Cambio de libro, y me entero de que éste es Ivan Ivanovich y ésta otra es Elena Petrovna. Este es Mijail y esta es Nina. Esto es un libro, esto es una carta, esto es un paraguas, esto es un abrigo esto es una estantería y esto es una ventana. Esto no es un sobre y esto no es un lápiz. Mijai Endreievich estudia en la universidad, pero Nina Antoniovna va al colegio. Espero, pero aprendo cosas útiles.

Un repentino dindón me despierta de mi espera: llaman al P61. Es la una y cuarto. A este ritmo, como aquí. No quiero seguir leyendo mis manuales, así que observo a la gente. Dos de las funcionarias que han cerrado sus ventanillas con sendos y artesanales carteles de “sin servicio” comentan que el marisco les gusta, pero que disfrutan lo mismo con unos huevos fritos. Yo asiento para mis adentros, porque tienen razón las vagas, qué le vamos a hacer. El pescado hubo que hacerlo demasiado, porque a mis sobrinas les da mucho asco la textura del pescado crudo. Ay, chica, sí, qué repelús me da a mí también. No sé ahora qué dicen del marido de una de ellas, que al parecer no anda muy bien de salud y no hace demasiado caso al médico. Ambas parecen muy preocupadas por ese triste asunto. Me aburren estas dos, así que me fijo en otra de ellas que también tiene puesto el cartelito de “sin servicio”. Es evidente que no está trabajando. La mirada fija en la pantalla, la barbilla apoyada en la mano izquierda, mientras que la derecha está posada sobre el ratón. Una sonrisa intensa y abstraída cuando lanza sus manos sobre el teclado para escribir algo muy rápido la delata: está chateando. Quizás con la de al lado, que mantiene idéntica actitud, parapetada tras su correspondiente  cartelito de “sin servicio”. Dindón: el P62: ¡olé olé olé! Le atiende el joven del puesto 12.

Estas tías petardas siguen a lo suyo. Una  de ellas se da cuenta de que la observo, saca una carpeta y se pone a pasar papeles. De vez en cuando me mira de reojo. Paso de ella y saco el periódico, gracias al cual me entero de que el Gobierno va a plantar cara a la Iglesia. A ver si es verdad. Espero que no quede una sola en pie y acaben todos los cardenales en el Vaticano organizándole manifestaciones desleales al Santo Padre. Cada vez estoy más enfadado. Creo que me quedo dormido un rato, porque no tengo conciencia de en qué momento suenan los dindons que dan entrada a los cuatro sufridos y pacientes usuarios que me preceden. A las tres menos diez salgo de la Junta Municipal de Chamberí, cabreado como un mono cabreado, después de haber pasado dos horas y media esperando a que un eficiente grupo de 8 funcionarias atendiera a seis usuarios. 

Eso sí, he aprendido mucho. Y ahora Sarkozy, que ya me caía muy simpático antes, me cae muchísimo mejor y encuentro extremadamente razonables sus razonables teorías sobre el fin de los privilegios de ciertos colectivos.

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