Estimado don Mariano de toda mi consideración:

Esta mañana, mientras mis alegres perros Rossina y Rigoletto se solazaban con sus amigos en el recinto canino de la madrileña Plaza del Conde del Valle Suchil, he leído en Público que su segundo de a bordo, el esforzado candidato don Manuel Pizarro, ha manifestado en la radio de los obispos subvencionados sus dudas acerca de qué hacer con los inmigrantes que no se puedan integrar “porque no tenemos suficiente empleo o suficientes medios, por ejemplo en la sanidad o en la educación“. “Habrá que ver lo que se hace con ellos“, ha dicho, al parecer el señor Pizarro, aunque ha adelantado que lo que se haga no supondrá “nunca un efecto llamada“, porque “si donde tenemos ahora un millón de personas hay dos o tres millones al año que viene, eso abriría las costuras del estado del bienestar“.

Por otra parte, y por si le sirve de ayuda, quiero informarle de que ese problema operativo que muestra don Manuel Pizarro en sus demasiado sinceras entrevistas en la radio episcopal, es un problema que otros que actuaron antes que ustedes resolvieron con probada eficacia, y patriotismo, dicho sea de paso. Si los que se desmandan y se empeñan en no aprender nuestras sanas costumbres son pocos, siempre pueden ustedes hacer lo que hizo don José María Aznar -no confundir con el beato Josemaría, que ése pollo es otro pollo- cuando tuvo un problema y lo resolvió: se narcotiza a los rebeldes, se les mete en un avión y se les lleva a un país lejano, que puede ser aquel del que partieron, pero que puede ser también otro cualquiera, y eso resulta luego mucho más divertido cuando se comenta la jugada con George y Tony con los pies sobre la mesa del despacho oval. Hay una variante de esta forma de resolver el problema, que es por la que optaron los militares patriotas argentinos, que consiste en lanzar a los inadaptados a la mar océana, y que allí Nuestro Señor decida cuáles son los que se deben salvar y cuáles no, dejando a unos entrar en el Paraíso, a sentarse a Su derecha, y a otros en cambio, despachándolos hacia el Averno, que según ha manifestado recientemente Su Santidad, existe como lugar. Lo malo de este método es que la justicia divina y la humana frecuentemente no avanzan por caminos paralelos, y es posible que acabe uno comentando la jugada en circunstancias nada ventajosas, con don Baltasar Garzón, que es el que tiene en este caso los pies sobre la mesa y la sartén por el mango; así que, salvo que sea estrictamente necesario, es mejor aterrizar en un país lejano con toda la carga, no nos veamos luego en apuros inesperados, como el ocurrió al general Pinochet.

Otros ilustres estadistas admirados por usted resolvieron problemas similares en el pasado quizás con algo más de contundencia, pero con eficacia probada por la historia. El que durante años ha sido alcalde honorífico del Puerto de Santa María, en Cádiz, debido a que los patrióticos concejales del PP en dicha localidad se negaron sistemáticamente a destituirle hasta que la Ley les ha obligado a abstenerse en el Pleno Municipal, don Francisco Franco Bahamonde, Caudillo que fuera de España y Generalísimo de todos los ejércitos conocidos, resolvió de un plumazo -y no le tembló el pulso, según propia declaración- el problema de los inadaptados: los fusiló a todos, salvo a unos pocos a los que puso a edificar el Valle de los Caídos. Y luego está la solución final por excelencia, que es la adoptó con germánica eficacia el Führer y amigo del Caudillo, Adolf Hitler, con los judíos, que son los inadaptados por excelencia. Se trata de dos soluciones quizás demasiado contundentes, pero no le quepa la menor duda de que cumplen a la perfección la condición que puso su segundo de a bordo en la mencionada entrevista: ninguna de ellas supone un efecto llamada, y ambas garantizan que la cantidad de inmigrantes inadaptados -y es posible que con suerte también la de adaptados, e incluso la de inadaptados nacionales, que también los hay- disminuya notablemente, con lo que no habrá nada que temer por las frágiles costuras de nuestro estado del bienestar.

Así que ya ve usted, don Mariano, hay una amplia gama de soluciones -unas transitorias, y otras finales o definitivas- a su disposición para que puedan utilizar sus señores candidatos en sus alocuciones así ante la prensa como ante el inevitable público, y no muestren esas dudas tan poco españolas y viriles, valga la redundancia.

Suyo afectísimo

Ricardo J. Royo-Villanova y Martín

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