Robar, blasfemar y desear la mujer del prójimo son pecados que están bien, pero que no tienen ni punto de comparación con los nuevos pecados que está introduciendo Su Santidad en el catálogo de ofensas que podemos hacerle a Dios. Y es que Benedicto XVI está haciendo un loable esfuerzo legislativo y penal que parece que tiene por objeto fastidiar a los ricos. Se le ha ocurrido al Papa bávaro introducir como nuevos pecados, entre otros, los que voy a decirles a ustedes a continuación: acumular excesivas riquezas, dañar el medio ambiente y ocasionar pobreza y desigualdad social. Y que nadie se haga de nuevas ahora, que ya lo anunció el propio Dios hecho hombre cuando visitó este valle de lágrimas hace unos años: “entrará antes un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los cielos”. Y si encima ahora les ponen dificultades suplementarias como no poder talar un bosquecito de nada, ni hacer con un mínimo de tranquilidad un buen expediente de regulación de empleo, no sé yo quién va a crear empleo precario para las almas del Paraíso, ni quien va a querer ser rico. A mí, desde luego, se me pasan las ganas, con la ilusión que yo tenía.

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