Me comprometí con ustedes hace unos días a escribir una entrada a sueldo de Moscú para tratar de dilucidar no lo que ha ocurrido con Izquierda Unida en las pasadas elecciones generales, sino lo que ha ocurrido en las últimas décadas con IU, porque creo que lo que nos ha ocurrido viene de largo, y no es algo que se pueda achacar exclusivamente a lo ocurrido en los últimos cuatro años. Pues bien, he tenido ya tiempo suficiente para poner en orden mis opiniones sobre el tema, y quiero escribirlas y publicarlas precisamente ahora, cuando no corro el riesgo de contaminarlas con las de otros compañeros o compañeras con los que discuto de esto a diario. No quiero evitar el debate, sino la tentación de suavizar mis posturas en función de las de mis compañeros. Por eso, escribo desde el exilio castellano.

Desde que en 1986 se fundó Izquierda Unida, no hemos sido capaces, salvo en cortos periodos preelectorales, de comportarnos como si fuéramos realmente una formación política. Permanentemente se han enfrentado en el seno de IU dos formas de entender la organización, y lo han hecho con diferentes intensidades y eligiendo temas diversos como campo de batalla. Simplificando mucho, y observándolo todo desde uno de los dos lados, una de las partes considera que no tiene sentido la actuación política si no es para intervenir en la realidad social desde las instituciones, y a ser posible desde los gobiernos de los diferentes ámbitos. Estamos en política para aplicar un programa político, es decir, para gobernar. Esta postura no tiene por qué suponer merma alguna en la posición crítica hacia las instituciones en sí mismas, y tiene un reflejo claro en la política de alianzas, ya que desde nuestra posición de formación minoritaria, sólo podemos influir en los gobiernos mediante alianzas con otros partidos políticos.

La otra parte considera que el escenario de la acción política es la calle, y que la presencia en las instituciones tiene por objeto trasladar a ellas “la voz de la calle”,  y otras voces como la de los traídos y llevados movimientos sociales, la de la clase obrera -que, por cierto, vota mayoritariamente al PSOE y al PP, y algunos, en concreto, los que se consideran su vanguardia, tendrán que preguntarse por qué-  o la de la militancia. Para quienes sostienen esta postura no hay más política de alianzas que obligar al otro a aceptar íntegro nuestro “programa, programa, programa”. Que seamos una opción minoritaria, no ya ahora, sino que lo somos claramente desde que hace años no cuenta para quienes sostienen esta postura. Tenemos razón, aunque la mayoría no nos apoye en las elecciones burguesas. Y si perdemos votos, lo que tenemos que hacer es reafirmarnos en que sólo nosotros representamos al bien. Sólo así conseguiremos que las mayorías sociales que apoyan a PSOE y PP se decidan a apoyarnos a nosotros.

Durante estas décadas hemos tendido oportunidad de conocer los efectos y los excesos de ambas formas de entender la política. Es cierto que lo que simplificando mucho se ha llamado el “anguitismo” no tuvo buenos resultados para la izquierda, ya que condujo a una clara animadversión entre PSOE e IU, y a la incapacidad de ambas formaciones para evitar la llegada al poder del Partido Popular. En mi opinión, fue entonces cuando dejamos de ser una opción seria para la gente de izquierdas por realizar pactos tácitos -es decir, ni escritos, ni hablados, pero sentidos- con la derecha para sacar al PSOE del gobierno, o incluso obligar a repetir las elecciones andaluzas por negarnos a apoyar al PSOE en la investidura, dando lugar con ello, por cierto, a una mayoría absoluta probablemente eterna del PSOE en Andalucía.

Por el contrario, lo que también simplificando mucho ha dado en llamarse “llamazarismo”, ha tenido igualmente sus problemas, ya que, en aras de aplicar el programa e influir en el proceso político, durante estos años se han producido acuerdos con formaciones políticas muy alejadas de nuestra posición ideológica, acuerdos que, sin duda, nos han hecho mucho daño electoral. Estos acuerdos no han venido favorecidos tanto por una falta de indefinición de nuestro modelo de estado -tenemos un modelo: la república federal- sino por la incoherencia entre ese modelo de estado y la forma absolutamente carente de cualquier espíritu federal en que realmente se ha gobernado nuestra organización a lo largo de su historia.

Y no sólo no nos hemos guiado en nuestros procesos internos por criterios federales, sino que en aras de favorecer acuerdos políticos, electorales y posteriormente de gobierno con algunas formaciones nacionalistas, hemos aparcado la explicación de nuestro modelo de estado, olvidando y dejando de lado algo tan esencial como que el federalismo es una visión unitaria del estado. No somos claros sobre el derecho de autodeterminación, no somos claros sobre el tema de la nación, no somos claros sobre las reclamaciones nacionalistas… Parece que en todo este tema nos encontramos nadando entre dos complejos: el complejo de asumir con todas las consecuencias el federalismo como modelo de estado, por una parte, y por otra, el de asumir de una vez por todas que la unidad política en la que nos movemos y por la que apostamos es lo que denominamos España. España no se va a disgregar, porque ello sería negativo para las personas que viven en España, en cada una de sus autonomías, de sus provincias, de sus pueblos y sus ciudades: nuestra apuesta es conservarla unida para, en su día, y cuando se den las consecuencias, subsumirla en una Unión Europea federal, republicana y realmente democrática.  

¿Qué subyace detrás de todo esto? En mi opinión, falta de debate y falta de democracia interna. Entre 1986 -momento en que se fundó Izquierda Unida- y la actualidad se han producido en España, en Europa y en el mundo grandes cambios. Mientras ello ocurría, en Izquierda Unida, bajo el discurso de que no somos un partido político, sino un movimiento político y social, bajo el discurso de la elaboración colectiva y la participación, lo que en realidad se ha ido creando estos años es la estructura de un partido político extremadamente rígido, en el que la militancia hace mucho ruido en ocasiones, pero no cuenta en la realidad prácticamente nada. En los órganos de dirección, en todos los ámbitos, se han ido creando camarillas más que corrientes que a lo largo de estos años han generado disputas y querellas que en demasiadas ocasiones lo que esconden son intereses personales.

Cualquiera que haya asistido alguna vez a un proceso asambleario de Izquierda Unida habrá comprobado cómo se reproduce este sistema: en las asambleas de base, es decir, donde está la militancia, es donde más se habla de política: los militantes discuten documentos y programas, preparan enmiendas, resoluciones y documentos y envían a la asamblea regional o a la federal a sus delegados para que hablen de política real, pero en cuanto éstos entran en la sede en que la que se celebra la asamblea, son ubicados por unos o por otros en una o en otra corriente, en una u otra sensibilidad. Desde el momento en que atraviesan la puerta del salón plenario, se olvidan las enmiendas y de los documentos que tanto se discutieron en la asamblea local y empieza una lucha absurda, pero que preocupa mucho a todos los presentes, por recoger firmas para avalar tal o cual candidatura, por atraerse a delegados indecisos; y empiezan también el pasilleo y las reuniones de mesa camilla entre el los cabezas visibles de las corrientes, que son los que al final deciden el desenlace de la asamblea, en función de los apoyos que traen de serie entre los delegados y los que han podido reclutar pasilleando… en definitiva, empieza el baile de corrientes que, en realidad tiene por objeto renovar los órganos, elegir al consejo político, al coordinador, al candidato…

El programa político, los documentos que contienen nuestras posiciones, nuestras famosas políticas a favor de los más débiles, de los que sufren el empleo precario, de quienes no pueden acceder a una vivienda digna, de los inmigrantes y de los desfavorecidos, se debaten en tristes comisiones a las que asisten muy pocos delegados -salvo cuando hay una enmienda estatutaria o algo que realmente ponga en cuestión el poder político dentro de IU- o en las resoluciones finales, que se pasan a votación, con tono cansino, desde la mesa de la asamblea, y con el gesto torcido del dirigente que tiene que dejar que se explayen los militantes pidiendo el fin de la dictadura en tal o cual país o la autodeterminación para Cartagena… Nuestro mensaje político, nuestro discurso y nuestras posiciones ante los problemas de la sociedad son algo absolutamente secundario en nuestras agitadas asambleas.

Así, y no de otra manera, es como en mi opinión hemos llegado a la situación en que nos encontramos. Y creo que sólo hay una solución posible: replantearlo todo y replanteárnoslo todo en un proceso asambleario que debe tener tres etapas y mucho más tiempo del que la dirección federal ha dado. En mi opinión es fundamental separar las dos fases de cualquier asamblea, y eso es importante para el proceso en que nos encontramos y para cualquier otro: tiene que haber asambleas políticas, es decir, en las que se discuta el programa y la propuesta política con los que nos presentamos a la sociedad, y luego tiene que haber una segunda fase en la que se renueven los órganos directivos. Y esto último se podía hacer incluso sin asamblea, sino mediante un proceso electoral en el que participe toda la militancia, y no sólo los 600 delegados de turno. Sin mesas camillas, sin avales y sin historias que sólo buscan, vamos a decirlo claramente de una vez, mantener el status quo interno de la organización.

Para esta asamblea, para la de junio, sin embargo, no bastaría con este sistema de asamblea en dos fases, sino que habría que convocar una fase previa en la que nos planteáramos qué es Izquierda Unida, que ha sido hasta la fecha, qué errores hemos cometido, por qué hemos fracasado y qué queremos que sea en el futuro. No sé cómo se debe organizar esa fase previa que, sin duda no se va a organizar, pero sí sé que en ella deben participar no sólo los militantes, sino también todos aquellos que han estado con nosotros y ya no están, todos aquellos de nuestros votantes, e incluso a nuestros no votantes que quieran inscribirse para decirnos qué es lo que esperan de nosotros, a los famosos movimientos sociales…. Tenemos que averiguar por qué no nos apoya la gente y poner solución a los problemas que se detecten.

Hay sin duda, un espacio a la izquierda del PSOE para la izquierda transformadora, para la izquierda que no está satisfecha con el actual sistema político español, para la izquierda que cree que hay que intervenir en la economía, para la izquierda que cree que las ganancias económicas deben tener un límite en lo social, para la izquierda que cree en el desarrollo sostenible, para la izquierda que cree que en la solidaridad interterritorial… y un largo etcétera. Ese espacio no está en el PSOE, sino a su izquierda, y si no hay una formación política que traslade a las instituciones esos intereses, no duden ustedes que el PSOE se consolidará, definitivamente, mirando a su derecha. Y los intereses que hasta ahora, más bien mal, ha representado IU en las instituciones dejarán de tener voz.

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