No voy a decir el pueblo, porque lo mismo se me echan encima los demagogos y me matan a dentelladas, pero el público consumidor de la llamada prensa del corazón -es decir, el pueblo- es miserable, repugnante, sucio y ruin. Los jueces del corazón, que forman parte de ese pueblo miserable, repugnante, sucio y ruin, han dictaminado que Telma Ortiz y su novio, su marido, o lo que sea ese buen señor que transita con ella por este valle de bilis y lágrimas, son personajes públicos. Y por lo tanto, deben estar permanentemente expuestos, incluso de buena gana, a las cámaras, a las gabadoras y a las plumas de esas harpías, de esas alcahuetas que hoy conocemos como periodistas del corazón, y de cuya compañía profesional tanto nos avergonzamos muchos.

Pero esa libertad no ampara a quienes cuentan aquello que el público no tiene derecho a conocer. Y el público, no me cabe duda alguna, no tiene derecho a conocer ciertas cosas, como por ejemplo, datos contenidos en un sumario declarado secreto o la vida privada de aquellas personas que -sean personajes públicos o no- no quieran contarla. Los jueces cotilllas, consumidores compulsivos de tomates maduros, es un suponer, han dado el pistoletazo de salida para que la prensa del corazón ponga sitio mañana a las casas de José Bono, de Gaspar Llamazares o de María San Gil, y les destrocen la vida. Mierda de país y mierda de prensa, que está toda aplaudiendo la decisión injusta de la mierda de jueces del corazón. Qué vergüenza, ¿no?

Venga... meta ruido por ahí