Miren, una cosa les quiero decir. Uno puede entender el razonamiento de un terrorista, el de un atracador de bancos, el de un defraudador del fisco… Un desaforado amor a la patria, una fe religiosa ciega y sorda, una necesidad imperiosa y desproporcionada de líquido, o como dicen ahora los cursis, de “cash“, impulsan a personas de gran pobreza espiritual a desobedecer la Ley de manera sistemática, a vivir como si el Código Penal no existiera. Así, se ponen bombas en autobuses, se vuelan aeropuertos, o se falsifican cuotas líquidas porque el bien que se persigue hace que al delincuente le merezcan la pena los riesgos que corre e incluso los sacrificios que provoca, que casi nunca son propios, sino ajenos, que es lo que suelen ser las cosas que no son propias. Así, lograr la libertad de la nación subyugada puede ser considerado por una mente enferma como un bien superior a las vidas de quienes sojuzgan a la patria atribulada; alcanzar el cielo y sentarse a la derecha de Dios, o tumbarse bajo setenta huríes, puede ser considerado en la mente del beato como algo mucho más valioso que las vidas de cientos de desafortunados pasajeros de un avión de Nueva York, un autobús de Londres o un tren de Madrid. El ahorro en “gastos fiscales” alcanzado por quien defrauda al fisco, permite que queden en manos del falsario cantidades importantes de dinero, y dónde está mejor el efectivo que en el bolsillo de uno. La mente de los grandes delincuentes es posible de comprender. Lo que no es comprensible de ninguna de las maneras es que alguien viva al margen del Código de la Circulación.

Nada, era sólo eso. Ustedes disimulen.