José María Aznar y Mariano Rajoy

A José María Aznar, parece que le ha gustado mucho el papel de expresidente de los Estados Unidos, que se ha auto otorgado desde que, gracias a Dios y al electorado, tuvo que mudarse de La Moncloa en 2004 a un lujoso, pero discreto chalé de la periferia rica madrileña. Por eso, desde entonces, si quiere que el pueblo soberano le entienda, habla en inglés, y si no quiere que le entendamos, pues habla en castellano. El catalán lo fue olvidando a medida que los momentos de intimidad se fueron haciendo cada vez más infrecuentes.

En política, a veces, no hay que razonar mucho las cosas: basta un gesto, una palabra, un silencio, una presencia o una ausencia para marcar una posición, como a mis queridos perros les bastan cuatro gotas de orina mal contadas, para decirle al resto: “mucho ojito, que esta plaza es mía“. En esta ocasión, han sido unas palabras las que han actuado como muestra: la apelación a “los principios” -presente en todos los discursos de quienes más claramente han apoyado la línea llamada dura del PP, antes y después de que San Gil diera su portazo- y el llamamiento a contar “con todos“.

Los principios y todos. Estos días estamos presenciando una lección magistral de cómo la derecha española -quizás podamos decir ya que cierta derecha y no toda la derecha- despliega su discurso totalitario. Como antaño San Gil, Aguirre, Aznar, Mayor Oreja (y Rajoy) hablaban de España, de la Constitución y de la libertad como si fueran cosas que les pertenecieran sólo a ellos, hoy San Gil, Aguirre, Aznar y Mayor Oreja (Rajoy, ya no) hablan de los principios como si fueran sólo los suyos, y sólo conciben una dirección del PP en la que ellos sean los que marquen la línea. Actúan con muy malos modos, tratan de imponer sus posiciones, pero no lo hacen a las claras. O sí. Rajoy presentó su candidatura y animó a quien quisiera hacerlo a presentar candidaturas alternativas. O no. Ellos se han limitado a calcular, a sembrar dudas y a maquinar.

¿Es sincera la posición de Rajoy? ¿Es creíble que quien ha puesto cara y voz, junto a Eduardo Zaplana y Ángel Acebes, a la actuación más antipática y radical de la derecha española desde que recuperamos democracia, sea quien pretenda liderar ahora la vuelta al centro? Pues ese es un problema personal que tendrá que resolver don Mariano Rajoy, pero lo cierto es que yo poco a poco, golpe a golpe, voy creyéndome más la sinceridad de su posición política actual, sin que ello quiera decir que coincida con él, aunque esta advertencia será sin duda innecesaria en unos casos e inútil en otros. El pronunciamiento realizado esta mañana por Aznar ha contribuido de manera bastante notable a aumentar mi confianza en don Mariano. Me hace incluso cierta ilusión la perspectiva de que un día no muy lejano haya en España una derecha democrática y la política se torne aburrida porque no haya llamamientos matinales en la radio de los obispos a la desobediencia civil, por ejemplo o acusaciones semanales de asesinato múltiple contra el presidente del gobierno.

El otro día, en una comida familiar en la que tratábamos este tema, una parienta me dijo: “claro, ya estás tú como siempre, insinuando que es imposible ser de derechas y demócrata“. Engullí un bocado de bienmesabe, remojé el gaznate, y no contesté, pero recordé una anotación en el magnífico y sorprendente blog Mundo Frito en el que su autor, don Fritus, nos recordaba que en otros países europeos la derecha tiene sus raíces -Churchill, De Gaulle- en la lucha contra el fascismo. La derecha española no procede de las filas de quienes resistieron al fascismo, sino que es la reconversión de los propios franquistas en demócratas de manera forzada y poco sincera, realizada además en el continuador natural de un partido, Alianza Popular, que nació para intentar contener al máximo el impulso reformador de los sectores más aperturistas del régimen franquista.

Una derecha que reniega de quienes resistieron al franquismo y lucharon por la democracia, una derecha que no acepta el estado laico, una derecha que se considera propietaria exclusiva de un patrimonio político que es de todos, como la propia nación, la constitución o la libertad, es decir, lo que el PP ha demostrado ser en la última legislatura, no es una derecha democrática y necesita deshacerse del lastre que lleva, que es el lastre ultra. Porque atados a ese lastre, hay sin duda liberales, demócrata cristianos e incluso conservadores que son sinceramente demócratas.

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