Mi cada vez más estimado don Mariano de toda mi consideración:

Espero que al recibo de la presente se encuentren usted y su distinguida familia bien de salud. La mía y y yo, bien, a Dios gracias, así como mis queridos perros, que me piden encarecidamente que le dé a usted un par de solidarios lametones, a modo de avales caninos, cosa que, si me permite, me abstendré mucho de hacer, tanto porque así lo exigen las normas mínimas del decoro y de la prudencia, como porque, no lo negaré, la ejecución literal de la tal orden me produce una cierta aprensión.

Y lo hago con la esperanza de que sea usted más valiente que los anteriores, ninguno de los cuales -a excepción de Izquierda Republicana de Cataluña- quiso entablar pleitos ni querellas contra sus injuriantes episcopales, ofreciendo como pretexto vagos discursos acerca de no convertir en mártir de las libertades a quien evidentemente busca tal martirio. Como si existieran tales libertades.

Pues bien, don Mariano, debe usted saber que esta misma mañana, a las 8 horas y 42 minutos exactamente -ni antes, ni después- ha sido usted víctima de un grave -y presunto, de momento- delito de injurias: un conocido exterrorista, que participó directamente en el asesinato de un pobre policía hace unos años, le acusa a usted nada menos que de proetarra. Y no lo hace con rodeos, ni con figuras literarias de ningún tipo, no emplea giros, ni perífrasis, ni metáforas, ni comparaciones, sino que escribe una entrada en su blog y la intitula “Rajoy, el pro etarra“. (Baje usted, hasta la mitad, más o menos, es la segunda entrada del día de este blog tan mal escrito como mal ordenado).

Usted, don Mariano, verá lo que hace. Si a mí me ocurriera lo que le ocurre a usted, no dude que ya estarían mis señores abogados trabajando en el tema. Es cierto que es usted un dirigente político de uno de los partidos más votados, y que por eso, está usted expuesto a la crítica política. También es cierto que, en aras de la libertad de expresión, frecuentemente, se sacrifica el derecho al honor de los personajes políticos, y se permite el uso de un “lenguaje fuerte“, en palabras del juez Marlaska, a la hora de llevar a cabo esa crítica. Pero sostengo ahora, como sostuve antes, cuando me lo llamaron a mí, cuando algunos -muy cercanos a usted en aquel momento, por cierto- se lo llamaron al presidente del Gobierno y a los representantes de las formaciones políticas que le apoyaron, que llamar a alguien proetarra no forma parte de los derechos que asisten a los ciudadanos a la hora de ejercer la legítima crítica política.

Don Mariano, usted verá qué hace con esta información que le doy. Yo, en su lugar, seguiría la ruta abierta por don Alberto Ruiz Gallardón, y ordenaría a mis asesores legales que interpusieran la correspondiente querella contra este sujeto indeseable e hipócrita. Y no sólo por hacerle pagar lo más caro posible este insulto a su persona, sino por intentar hacer lo que quien tuvo muchos más motivos que usted para hacerlo en el pasado, el Gobierno de la Nación, que veía como cada mañana se le acusaba desde las ondas episcopales de estar detrás de los atentados de Atocha, no se atrevió: dejar bien claro que insultar no es gratis, que el delito no debe quedar impune, y que las cazas de brujas son de muy mala educación, aunque las desencadenen los curas.

Sin otro particular, quedo a la espera de sus siempre gratas noticias, le envío un cordial saludo, y le ruego que me ponga a los pies de su señora, que ya me encargo yo de ir subiendo.

Ricardo Royo-Villanova
Chivato