Me pide don Ignacio por SMS -me lo ordena, más bien- que improvise una opinión sobre esta noticia, y en concreto sobre el hecho recogido en ella de que los estudiantes cubanos sobresalen, de entre sus compañeros del resto de los países latinoamericanos en matemáticas, lectura y ciencias. Pues yo la improviso en un pispás, que para eso me debo a mi público, y en especial a don Ignacio, que por unas cosas o por otras, me invita casi todas las mañanas a desayunar, y no es eso moco de pavo. Así que voy a pagarle a don Ignacio mi deuda metiéndome en un pequeño berenjenal, porque esto de hablar de Cuba supone para algunos ponernos en el disparadero de los nuestros y de los otros.

Hay dos tipos de defensores del régimen cubano. Unos, los  obtusos -todos conocemos algún obtuso, mire usted a su alrededor y lo reconocerá en seguida- son los que defienden el régimen cubano sencillamente porque también lo quisieran para España. Luego están aquellos otros que reconocen con mayor o menor intensidad y con mayor o menor sinceridad- la falta de libertades en Cuba, pero que nos recuerdan América es América y Europa, Europa, y que la democracia es algo que en América Latina -y en montañas más cercanas- sólo se da de manera formal. Según éstos, son muchos los países que  tienen una democracia sólo presunta -pero que son subvencionados e incluso protegidos militarmente por Estados Unidos- y en cambio, los derechos fundamentales se violan sistemáticamente por parte de organizaciones criminales oficiosas y no tienen resueltos ciertos problemas sociales esenciales, como la educación o la sanidad, que en Cuba están más o menos resueltos o al menos forman parte de las prioridades del Gobierno. Y de esto es de lo que habla el artículo del El País.

Estos últimos tienen razón en muchas de las cosas que dicen. Igual que es cierto el hecho de que Cuba es una dictadura, lo es que Cuba ocupa el puesto número 51 en la lista de 177 países del mundo, ordenados en función del Índice de Desarrollo Humano (IDH). Así dicho, parece poca cosa. Pero quizás debamos profundizar un poco más.

El IDH es una estadística elaborada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo que se basa en tres parámetros, a saber: la calidad de vida en lo que a la salud y a su protección se refiere, medida según la esperanza de vida al nacer; la educación y la preocupación por ella de los poderes públicos, medida por la tasa de alfabetización de adultos y la tasa bruta combinada de matriculación en los ciclos primario, secundario y superior de la educación, y el nivel de vida, medido por el PIB per cápita, con la introducción de un índice corrector (la PPA, es decir, la Paridad del Poder Adquisitivo) para que sea posible una comparación realista del poder adquisitivo en países con realidades económicas muy diferentes.

Él IDH pretende reflejar las condiciones de vida reales de las personas que viven en los diferentes países del mundo, algo que con las estadísticas macroeconómicas brutas no se consigue. Se trata de una estadística que “mide” -si es que esto se puede medir- la voluntad real de los diferentes regímenes políticos por mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos y por proporcionarles los bienes directos (alimentación) e indirectos (servicios sociales) con los que pueden satisfacer sus necesidades

Se considera que tienen un IDH alto aquellos países que superan los 0,8 puntos. Son 70 países los que entran en este grupo, entre los que está Cuba  n el puesto 51, con un IDH de 0,838, muy por delante de aquellos países que patrocinan como ejemplares nuestros medios de comunicación y nuestros gobiernos, y muy por delante de países a los que en muy pocas ocasiones se critica por su falta de democracia, como Arabia Saudita, con cuya élite teocrática y liberticida mantienen nuestras élites laicas y liberales suculentos negocios, que está en el puesto 61 con un IDH de 8,812; o el país que nuestras clases dirigentes consideran gran amigo en Latinoamérica por el sólo hecho de que es el único que en los últimos años ha quedado en manos de la extrema derecha, Colombia, que tiene un IDH de 0,791 y está en el puesto 75. Otros países que se suelen proponer a Cuba como ejemplo a seguir son Nicaragua, en el puesto 110 o Perú, en el 87.

¿Por qué no se denuncian con la misma pasión que se denuncia la falta de libertades en Cuba los males que aquejan a otros pueblos del continente americano? ¿El modelo que debe seguir Cuba es Colombia, o quizás Venezuela y Bolivia? ¿Por qué Venezuela y Bolivia, dos países que no han roto con el sistema de partidos, ni con la división de poderes, son tachados de dictatoriales, y en cambio se patrocina y exhibe a Álvaro Uribe, un ultraderechista que nunca ha ocultado sus simpatías por los paramilitares, como el ejemplo a seguir? ¿Cuál es la verdadera acusación que hacen nuestras clases dirigentes, nuestros gobiernos y nuestros medios de comunicación a Cuba y al resto de países que actualmente están gobernados por la izquierda -bien es cierto que demasiado populista o autoritaria en ocasiones- la falta de libertad, que tan poco les importó en Chile o tan poco les importa en Arabia Saudí, o la escasa receptividad a los intereses depredadores de nuestras empresas y nuestras multinacionales?

Pues eso.

Venga... meta ruido por ahí



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