Fernando OlmedaNacho Abad Andújar
Madrid Sindical

El ex presentador de los informativos de fin de semana de Telecinco prepara su segundo libro sobre la memoria histórica. El primero, El látigo y la pluma, publicado en 2004, desvelaba la represión franquista padecida por el colectivo homosexual. En esta entrevista, Fernando Olmeda (Madrid, 1962) repasa el panorama informativo actual. También habla de la memoria histórica.

Pregunta. ¿Qué opinión le merecen los informativos actuales?

Respuesta. Ahora, a los informativos se les pide audiencia además de prestigio. Esa exigencia fuerza a muchos comunicadores a abjurar de los principios básicos de la profesión para internarse en otros territorios que no comparto.

P. ¿Qué territorios son esos?

R. Los de lograr audiencia a cualquier precio, una norma básica para la programación general que se ha trasladado a los espacios informativos.

P. ¿Qué significa ser periodista?

R. Ser periodista es buscar la verdad, contar historias de modo honesto independientemente del resultado final de las audiencias.

P. ¿Y para quién trabaja el periodista?

R. Por un lado están las empresas. Por otro, los líderes y directores de equipo. Y luego, los redactores. Es una cadena compleja en la que siempre es difícil determinar quién es el responsable. Sea quien sea, como hoy se pide audiencia, finalmente se introducen en contenedores, que deberían estar gobernados por el rigor y la honestidad, contenidos que distan mucho de la ética profesional.

P. ¿Existe la independencia?

R. La independencia no se tiene, se gana. Un periodista es independiente cuanto más capaz es de avanzar con una mochila llena de piedras. No creo que los periodistas actúen globalmente de manera servil. Cualquier profesional trata de ganarse el sueldo de la manera más honesta posible.

P. Pero el periodismo, reflejo de la sociedad del momento, es una profesión precarizada, el miedo a perder el trabajo atenaza la labor profesional.

R. Indiscutiblemente. La precariedad impulsa a muchísimos jóvenes periodistas a participar como reporteros en programas del corazón. En determinadas televisiones autonómicas se convierten en la voz de su amo. Tienen contratos eventuales, y si no desempeñan ese papel, pueden ser despedidos. Pero creo en la buena voluntad de los profesionales, que muchas veces se mueven en condiciones muy adversas. Yo, que he sido responsable de equipos y editor de informativos, pongo más en cuestión a mis homólogos, a los que tienen una responsabilidad intermedia.

P. ¿Qué informativos ve?

R. Por la mañana, el de TVE. Me gusta cómo lo hacen Susana Roza, Ana Roldán y Salvador Martín Mateo. Al mediodía, me gusta la fórmula deportiva que han construido los Manolo, Carreño y Lama [Cuatro], pero termino viendo TVE. Por la noche, Cuatro, con Iñaki Gabilondo y Silvia Intxaurrondo.

P. ¿Radio?

R. Alguien dice que la televisión es una amante y la radio la pareja que nunca te falla. Uno siempre busca refugio en la radio. Escucho la SER, pero es interesante oír la Cope, como hace mucha gente. Es interesante escuchar los argumentos de la derecha española para tener una capacidad de análisis mayor sobre cuál es su estrategia. Pero como lo mucho cansa y lo poco agrada, escucho un ratito a Jiménez Losantos.

P. ¿El tratamiento del 11 M dibuja el panorama informativo más manipulador de la democracia?

R. Los medios de ámbito nacional están alineados desde hace al menos cuatro años. Está en la voluntad del espectador sintonizar, leer o ver los programas informativos. Creo en el ejercicio activo del receptor de la información para decidir si les dedica tiempo o no. Es más cuestionable ese alineamiento en los medios públicos. Me da mucha pena, y me enerva, la situación de Telemadrid.

P. ¿Es la televisión que se merecen los madrileños?

R. Es inexplicable lo que ha ocurrido en los últimos años. En primer lugar, la gestión de Giménez Alemán, de quien todo el mundo se olvida. Y luego Manuel Soriano. Actualmente no hay elementos de juicio para juzgar a la directora general, Isabel Linares. Pero la gestión de sus predecesores dista mucho de los principios básicos de funcionamiento de una cadena autonómica pública. No es la televisión que se merecen los madrileños. Se hizo una televisión apasionante, fresca y de servicio pública durante la etapa de gobierno de izquierda. Incluso en los primeros años de Ruiz-Gallardón se trabajó en una atmósfera de libertad y hubo un equilibrio en la gestión de lo público. Aunque Gallardón cesó al director general Silvio González y a la directora de Informativos Elena Sánchez por un reportaje llamado Los caminos de Euskadi, en el que se expresaba con honestidad absoluta la realidad del País Vasco. Ése es el punto de inflexión que marca el principio del despeñadero en que se ha convertido Telemadrid. Desde que Gallardón interviene en la gestión informativa todo ha ido a peor.

P. Algunos profesionales de Telemadrid han dado una lección negándose a firmar las informaciones.

R. Sí, pero ese ejercicio de resistencia ha sido contestado mediante la contratación de trabajadores eventuales que actúan como la voz de su amo.

Memoria histórica

P. Hace cuatro años ya de “El látigo y la pluma”.

R. “El látigo y la pluma” sigue siendo referente cuatro años después. Me alegra que sea un libro de consulta para personas que quieren saber cómo fue la represión durante el franquismo. Quise reunir testimonios y documentos, la letra de la persecución y la voz de los perseguidos, no es tan sencillo.

P. El trabajo de recuperar la memoria histórica, ¿está llegando a su fin o no ha hecho más que empezar?

R. Es una muy buena noticia que la mayor parte de las fuerzas del Parlamento hayan respaldado el texto de la Ley de la Memoria Histórica. Pero no es el final de un camino, sino el principio. Es la justa recompensa a muchísimos años de esfuerzo de asociaciones y familiares de víctimas, que han estado absolutamente solos 30 años, desde 1975. Esta ley responde eficazmente a esas justificaciones.

P. Para algunos se quedó corta.

R. Exacto. No podemos contentarnos con que sea el final. Debe ser el principio de una nueva etapa de mirada hacia el pasado reciente. Confío que este prudente texto de la memoria histórica se amplíe porque para muchos se ha quedado corto. Sería razonable ampliar los objetivos de esta marea imparable de recuperación de la memoria histórica. Se debería hacer un esfuerzo más. No tanto criticar la ley, bastante ponderada y prudente, sino reclamar la ampliación de sus objetivos.

P. ¿Hay una doble memoria histórica, una para los represaliados políticos y otra para los represaliados por su orientación sexual?

R. Soy militante LGTB (cultura en defensa de las lesbianas, gays y transexuales) desde hace muchos años. No quiero que se me malentienda, pero, siendo cruel la persecución legal y la discriminación social ejercida contra los homosexuales, éste no fue el colectivo más perseguido. La persecución política fue igual de terrible, pero cuantitativamente mayor.

P. ¿Pero la literatura de la memoria ha olvidado más a homosexuales y lesbianas?

R. Probablemente haya sido más olvidado, pero por una cuestión de prioridades. Superado el silencio, o como dice Vázquez Montalbán, la amnesia controlada de la Transición, las familias de las víctimas y las propias víctimas han tenido otras prioridades: exhumación de fosas comunes, recuperación de los derechos legales o declaración de ilegitimidad de los juicios. Por una cuestión de prioridades, han quedado postergados los derechos de los gays, lesbianas y transexuales. Pero ha llegado su momento y desde hace años hay bastante gente que lucha por ello. Creo que es un buen momento para este país, para recuperar la memoria, la dignidad y reconocer a las víctimas.

P. A pesar de que algunos, incluso en la izquierda, preferirían dejar las cosas como están.

R. Eso ocurrió durante el gobierno del Felipe González. Hubo un pacto para no desenterrar a los muertos y no resucitar la memoria. Estamos en el siglo XXI, y todos los partidos, excepto el PP, están en la misma línea. Respecto a la relectura de la historia, las víctimas del bando vencedor tuvieron su reconocimiento, sus lápidas conmemorativas, sus prebendas y el reconocimiento de su existencia durante el franquismo. A las víctimas republicanas se les negó su existencia misma durante muchos años. Los familiares no reivindican su nombre como venganza. No les mueve el odio, sino una legítima reivindicación de presencia.

P. ¿Y las lecturas revisionistas?

R. No puedo entender la relectura sesgada para contrarrestar la marea de la memoria histórica. No puedo entender esa reacción desde la derecha con sus portavoces tipo Pío Moa, autores de una revisión forzada con la que ningún historiador está de acuerdo.

P. ¿Qué pierde el PP si reconociera a las víctimas?

R. El PP se ha ubicado sistemáticamente en una posición muy radical contraria a este proceso de recuperación de la memoria histórica, a pesar de que no se sienten herederos del franquismo. Pero muchos ayuntamientos y otras administraciones gobernadas por el PP boicotean continuamente cualquier iniciativa tanto para eliminar los símbolos franquistas como para exhumar cadáveres. No creo que sea cuestión de ganar o perder, sino una actitud de cara a los militantes, o que en el PP hay muchos herederos de la época.