Un piquete de transportistas ataca una furgoneta que intenta saltarse el bloqueoEsta entrada
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don (o doña) Vta


El otro día presencié un suceso que viene muy bien para hacerse una idea de la verdadera naturaleza de la huelga de los transportistas, que no es una huelga, sino un violento boicot. Era el lunes, el primer día de paro que ahora amenaza con dejar desabastecidas las farmacias. Serían las ocho de la mañana, sobre poco más o menos y, como cada día, me dirigía a Rivas, para hacerme cargo de mis obligaciones. Justo en la salida de Rivas a la carretera A-3, en sentido Madrid, varias decenas de camiones obstruían el paso a los coches que intentaban llegar a la capital del Reino y formaban un atasco monumental. En sentido salida de Madrid, en cambio, se podía circular perfectamente. Pude entrar en Rivas sin ningún problema, y casi desde el puente que cruza la carretera, observé como un camión cisterna abastecía a la gasolinera que hay en la entrada de la ciudad, perfectamente visible desde la carretera. Y lo hacía con total tranquilidad, sin ser molestado por ningún piquete.

En nuestro mundo ligero y políticamente correcto, una huelga es el punto máximo de conflicto entre los trabajadores y los empresarios. Cuando la negociación se rompe, cuando no es posible el acuerdo, o cuando los trabajadores entienden que son víctimas de una injusticia insoportable, dejan de trabajar y llevan a cabo acciones para presionar a sus empleadores y que estos se avengan a negociar o a ceder. Suele acompañar al paro laboral la presión sobre el empresario y sobre los empleados que no quieren o no se atreven a secundar la huelga. Por eso, los piquetes, generalmente, además, de informativos suelen ser mal encarados. Los trabajadores más débiles, aquellos sobre los que el patrón tiene más capacidad de presión para que no secunden la huelga, agradecen en ocasiones la contundencia del piquete que les sirve de coartada para no acudir a su puesto de trabajo. Nadie pudo recriminarme en octubre del 88 que no entrase a trabajar gracias a que que un compañero de la rotativa me amenazó con con una benéfica y oxidada cadena.

Los trabajadores en huelga buscan causar un perjuicio lo suficientemente grande al empresario como para que éste se avenga a negociar: “nosotros no trabajamos, y tú pierdes dinero; de esta manera te obligamos a que negocies con nosotros o a que mejores nuestras condiciones de trabajo“. A veces, en este conflicto, los clientes de la empresa, los consumidores se encuentran en medio de un fuego cruzado y son víctimas colaterales -y no buscadas, esto es importante- del mismo. En estas ocasiones, la mayor parte de los consumidores, que además de consumidores son trabajadores, suelen, solemos, soportar con estoicismo el paro, porque, como dice el refrán, hoy por tí, mañana por mí. Los que paran estos días, por cierto, no suelen ser de los que soportan con estoicismo las consecuencias de las huelgas ajenas, ni suelen ayudar en las generales, con el pretexto de que “yo no puedo parar porque cada día que paro, me cuesta dinero“, como si a los demás no les costase. Pues ahora, a apechugar tocan.

Pues bien, no es esto, en absoluto lo que está ocurriendo con la huelga de los transportistas. Los transportistas han iniciado un paro ilegal y que si el gobierno quisiera, o mejor, si se atreviera, podría cortar por lo sano con la Ley en una mano y una porra en la otra. El episodio de Rivas que encabeza estas líneas ilustra muy bien lo que está ocurriendo estos días en España y en Europa: los transportistas montan piquetes que buscan paralizar el país y no se preocupan lo más mínimo por evitar que trabajen los esquiroles o por informar a quien no tiene claro si hacer o no la huelga. Los piquetes de transportistas cortan una carretera a la hora a la que la gente entra a trabajar -por cierto, aquel piquete a las 11:30 ya no estaba, se habrían ido a tomar el aperitivo, o a hacer el pedido a Telepizza- mientras un esquirol abastece una gasolinera a la vista y sin problemas. Los transportistas no están buscando que sus compañeros hagan la huelga, no están formando piquetes para convencer a los remisos para que paren, sino que están usando los camiones para hacer inviable el movimiento por carretera y paralizar el país. Están haciendo una demostración de fuerza. Y la fuerza, con la fuerza se contesta.

El otro día, don JavierM, habitualmente lúcido, especialmente en los últimos meses, escribía una entrada corta, en respuesta a otra mía, en la que reclamaba para los transportistas, independientemente de que fueran autónomos o empleados, la condición de trabajadores, de currantes, decía él. Pues bien, en mi opinión, si bien es cierto que los transportistas que han convocado esta huelga son personas que trabajan, no son trabajadores, y mucho menos currantes. Y no lo son, porque los empleados que están en huelga, probablemente no lo han decidido por sí mismos, sino que están obedeciendo una orden de sus jefes, esos pequeños empresarios, esos autónomos currantes con cuatro o cinco empleados que han decidido parar sus empresas y obligar a sus trabajadores bloquear las carreteras, como la semana pasada, y la anterior, y la otra, les obligaron a hacer jornadas interminables al volante por cuatro perras gordas mal contadas.

Los transportistas, que en realidad son empesarios -con más o menos empleados- del transporte, están cometiendo actos claros de boicot, están empleando los medios de producción, es decir, sus camiones, para hacer el vándalo por las carreteras de España, con la intención de demostrar al Gobierno que, si quieren, pueden perjudicar mucho a la ciudadanía, pueden desabastecer los mercados y las gasolineras e intentar poner a la gente contra ellos.

Ni son currantes, ni están en huelga, y aunque puedan tener razón en algunas de las cosas que plantean, la pierden al convertirnos a nosotros, los ciudadanos, en los objetos de su presión.

Venga... meta ruido por ahí